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Sin eufemismos, por favor

Andrés Hoyos
16 de febrero de 2016 – 03:28 p. m.

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A los adversarios de Enrique Peñalosa no pareció molestarles demasiado que la semana pasada grupos de exaltados la hubieran emprendido a pedradas contra los buses y las estaciones de Transmilenio.

No, ellos andaban a la caza de eufemismos. Se oyeron frases como “vandalismo inaceptable” (Claudia López), un oxímoron clásico, parecido a “veneno suave” o “puñalada cariñosa”. Oponerse a un alcalde que no te gusta o que no te obedece es legítimo, pero si un dirigente colombiano, como la ilustre senadora, no ha entendido que la violencia destruye el país, no ha entendido nada. Hacerse los de las gafas con el vandalismo equivale a ver a un alcohólico tomarse un whisky y pensar que da igual.

El dilema es muy claro: nos embarcamos en el proceso de paz porque nos permitirá desembocar en una sociedad más ordenada y menos violenta o concebimos el proceso como la antesala del despelote. Al menos para mí tiene que quedar claro que una vez firmado un acuerdo en La Habana y depuestas las armas de los grupos irregulares, el escenario del conflicto deberá cambiar radicalmente. No se trata de evitar los desacuerdos —de esos habrá más, pues estamos lejos de lograr un consenso sobre lo que se necesita para construir un país mejor en el futuro— ni tampoco las confrontaciones o las protestas —ambas son parte integral de la vida democrática—, pero sí es indispensable reducir al máximo la violencia. Dicho de otro modo, el corolario central del proceso de paz es que no tendría sentido desarmar las cuadrillas que se esconden en remotos confines selváticos y atacan pequeños pueblos para que en las ciudades siguiera habiendo estudiantes encapuchados que lanzan papas explosivas y revientan vitrinas, pobladores que rompen buses y paraderos, taxistas que secuestran carros de Uber. Todos estos fenómenos implican delitos y, surtido el debido proceso, tendrían que conducir a denuncias penales efectivas, como sucede en los países que han desterrado la violencia política organizada de su territorio. Los amigos de Perogrullo dirán que el Estado también deberá moderar su represión, a lo que habría que responder que sí, pero que el monopolio tranquilo de la fuerza se consolida reduciendo los episodios de violencia en la población, no dándoles rienda suelta.

Por ahí derecho, hacerle un homenaje a Camilo Torres en San Vicente de Chucurí es un desatino que linda con la cursilería. Tanto Iván Cepeda como Ángela María Robledo estaban en el lugar equivocado en un pueblo que, por lo demás, no quiere oír hablar de nada que huela a Eln. Camilo Torres es un símbolo perverso: aunque pudo ser un gran dirigente político, se ofreció para matar —opción nada cristiana— y murió en el intento. Su figura está bien en los libros de historia, no en la vida contemporánea de un país que intenta dejar atrás la violencia.

Uno espera, por último, que Gustavo Petro, ahora viudo adolorido del poder y en franca regresión política, no decida formar mañana el M-19 bis, tomando alguna fecha como símbolo de su derrumbe político. Los bogotanos lo premiaron con el segundo cargo público más importante de Colombia; él no puede premiarlos, a su vez, con la acción intrépida.

La extrema derecha dice y repite que el proceso de paz se hace para entregar el país a los violentos. Yo no creo que sea así, pero igual hay que demostrarlo con hechos, no excusando el vandalismo con eufemismos impresentables.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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