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¿Una calle sin salida?

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La campaña presidencial de los Estados Unidos tomó por sorpresa a unos partidos que no encuentran su rumbo.

En medio del fragor de debates tremebundos, agitados por la actitud y el verbo insolentes de un empresario convertido en político, son más fuertes las emociones que la discusión constructiva sobre aquello que los candidatos le pueden ofrecer a su país. Todo lo que han conseguido por ahora es darle a la campaña un tono de polarización que no despeja el panorama del futuro y deja más bien dudas sobre las posibilidades de retorno del péndulo luego de ocho años de los demócratas en la Casa Blanca. Ante el populismo del millonario Trump, la agresividad de conversos de los candidatos cubanos y la invitación a regresar al pasado en busca de refugio en los brazos de la dinastía Clinton o de la dinastía Bush, el electorado parece inquieto pero no sabe todavía contra qué se tiene que rebelar.

Alejados de su tradición de aparente certeza respecto de sus principios, sus ideales y sus aspiraciones, los republicanos viven las angustias de una encrucijada mayor: no han encontrado un candidato que represente fielmente lo que quieren ni lo que son. Uno se acaba de pasar de millonario a político y ha traído consigo toda la agresividad y la falta de consideración propias de ese capitalismo salvaje en cuya liturgia nadie tiene piedad. Otros, hijos de cubanos recién llegados si se les compara con los vástagos de inmigrantes del Siglo XIX, hacen esfuerzos sorprendentes para ganar el primer lugar dentro de un espacio político reservado hasta ahora a los «wasp», esto es “White, anglo-saxon, protestant”, que no lo son. El único que representaría a esos republicanos tradicionales, huérfanos de un liderazgo sensato y creíble, es el remoto Jeb Bush, predecible hasta la saciedad y vástago de turno de una dinastía culpable de equivocaciones históricas difíciles de defender.

En medio de la confusión de candidatos y electores, parecería que soplan vientos de emergencia de una nueva derecha en los Estados Unidos. Y como consecuencia, quién lo creyera, también de una nueva izquierda. Una derecha renegada, ante cuya presencia valdría la pena preguntarse si se trata de una corriente capaz de arrasar con el establecimiento de antes y sobre todo dispuesta a pagar el precio de perder la carrera por la Casa Blanca en esta oportunidad. Derecha que corre el riesgo, en medio de la polarización, de ceder ante los cantos de sirena del populismo, que de paso ya ha sido capaz de arrastrar al país entero hacia una feria de discursos que parecen construidos más con la perspectiva de agitar que con la intención verosímil de gobernar. Prueba de lo cual es la radicalización paralela en el campo demócrata, donde Bernie Sanders, afinado con el tono alto del momento, se ha ido abiertamente contra Wall Street y ha denunciado las aberrantes disparidades e injusticias de la distribución del ingreso y del poder económico en toda la federación. Algo que muchos piensan pero no se atreven a decir, porque jamás alguien ha llegado a la presidencia con un discurso cargado abiertamente de semejantes verdades y semejantes “apostasías”.

Los electores no saben en ninguno de los dos partidos contra qué se deberían rebelar. El primer dilema sería el de apegarse o no a la dinastía de los Clinton o a la de los Bush. Pero los representantes de ambos clanes, a pesar de su experiencia, y justamente por eso, significarían el retorno a un pasado que para muchos implicaría retroceder y no necesariamente avanzar. Quedaría la opción de Trump, pero ahí está latente el fantasma de la ineptitud para manejar procesos mucho más complicados y con menor rango de menor autonomía que los de las empresas propias. De manera que patear el tablero, nacional o internacional, no puede ser, a la hora de la verdad, una alternativa confiable. Y en cuanto a los candidatos de origen cubano, a quienes les queda muy mal tratar de hacerse pasar por lo que no son, desde el punto de vista estrictamente conservador, por el solo hecho de llevar nombres latinos, se salen de unos parámetros que jamás nadie se ha atrevido a transgredir. De manera que para muchos, si llegaran a elegir como presidente a uno de ellos, sería un giro tan grande, o más, que el de los demócratas al haber elegido a Obama, hijo de un keniano.

Sin argumentos suficientes para confiar en dinastías, sin contar con candidatos caracterizados por una respetabilidad reconocible, sin que brillen jefes que encarnen una tradición, descontentos con la situación del país, añorando tiempos que no volverán, y afectados por las tentaciones del populismo y de la radicalización, los electores norteamericanos parecen estar de acuerdo solamente en el hecho de que quieren algo diferente, pero no encuentran, en últimas, hacia dónde orientar su rebelión. Por eso, mientras avanzan los debates agrios y también las alrevesadas e irregulares elecciones primarias propias del sistema más extravagante y raro de ejercicio de la democracia, tal vez tenga razón un profesor universitario, que cree estar por encima de veleidades a favor o en contra de uno u otro partido, cuando dice que los demócratas han sido hasta ahora los verdaderos ganadores de los debates republicanos. Menos mal.
 

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