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La primera vez que Rafael y Evelio fueron a cine no sabían que durante la proyección de la película se olvidan los problemas y se curan los dolores. No sabían que las historias de la pantalla grande eran envolventes y encantadoras. No sabían que el séptimo arte era como leer un cuento, disfrutar de una pintura y oír una canción; todo al mismo tiempo y en el mismo sitio. No sabían que el cine era capaz de transformar una lágrima en una carcajada o en un suspiro. No sabían, siquiera, que había que comer palomitas de maíz, y que se tenía que apagar el celular y guardar silencio. No tenían cómo ni por qué saberlo.
Rafael y Evelio son dos abuelos risueños que ven pasar los días en la soledad del único ancianato de San José del Guaviare y que nunca, en sus ochenta y pico de años, habían tenido la ocasión de ver una película en cine. Por eso, el pasado sábado 27 de enero fueron los primeros en llegar al improvisado teatro que los ingenieros de Cine Colombia habían dispuesto en una esquina del parque principal de la ciudad.
Eran las seis de la tarde y las 500 sillas disponibles para asistir a la primera función de Ruta 90 ya estaban ocupadas. Al lado de Rafael y Evelio, los niños de la última tribu nómada del mundo, los Nukak Makú, esperaban ansiosos la complicidad de la noche; la pantalla inflable necesitaba de la oscuridad para no perder el brillo ni la nitidez. Igual que los abuelos, confinados a la pobreza y al olvido, los indígenas tampoco conocían las maravillas del cine.
La pequeña ciudad en medio de la selva estaba paralizada. Esta vez no eran los secuestros, ni la coca, ni las balas, ni las bombas; esta vez era el cine. Durante décadas el parque de San José del Guaviare fue escenario de la guerra entre el ejército y la guerrilla de las Farc. El sábado, por lo menos durante la noche, fue testigo del arte, de la fiesta y de la vida.
Para Daniel Montes, director de nuevos negocios de Cine Colombia, ese es el propósito de Ruta 90. “Queremos que la magia del cine llegue a los municipios más apartados del país. La idea es que el proyecto beneficie a más de 150.000 personas que nunca han tenido la oportunidad de disfrutar de una película en cine”.
En silencio, Rafael y Evelio disfrutaron la proyección de “Bailarina”, una película animada de Stéphanie Di Giusto, el mismo director del Rey León, Madagascar y Kun Fú Panda. Para no perder su puesto, los abuelos no se movieron de sus sillas hasta el inicio de “El paseo 4”. Estaban felices, concentrados, sorprendidos. No se perdieron ni los cortos. Lo importante, para ellos, no era la trama sino la experiencia.
Detrás había familias, grupos de amigos y parejas de novios. Todos querían vivir en carne propia la efímera llegada del cine. Como el teatro itinerante no dio abasto, los muchachos se pasaban por debajo de las cintas de seguridad y los niños se encaramaban en la espada de sus padres o en las barandas de las vallas. Al final, los más afortunados de la función fueron los vendedores ambulantes. En la entrada había una máquina de crispetas que no paró de vender en toda la noche, y las piñas y los mangos de una carretilla se agotaron.
Hoy Rafael, Evelio y el resto de habitantes de San José del Guaviare están otra vez sin cine. Pero ahora saben que lo que les queda de vida podría ser más llevadero con una sala en la ciudad. “Nuestra cotidianidad sería distinta si Cine Colombia u otra empresa del sector decide establecer un teatro permanente en el municipio. Habría más oportunidades para los jóvenes, entenderían el mundo de una manera distinta. Además, sería una fuente de trabajo y un empuje para el comercio y la economía”, aseguró Efraín Moreno, profesor del colegio Manuela Beltrán.
Por ahora, Ruta 90 seguirá alegrando las noches de Puerto Concordia, Puerto Rico, Puerto Lleras, Fuente de Oro, San Martín, Cubarral y otros 80 municipios para llegar hasta Manaure, Aracataca, Puerto Colombia y Dibulla en la Guajira.