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Nadie espera que al otro día de la firma de los acuerdos de paz o unas horas después de la aprobación del plebiscito ocurran cosas extraordinarias que transformen la vida diaria de los colombianos.
Los esperados frutos de la paz se cosecharán poco a poco, con gran esfuerzo, a lo largo de muchos años. El manejo del posconflicto, cuyas fases centrales tendrán lugar en el próximo gobierno, requerirá de un gran liderazgo, recursos fiscales y un profundo conocimiento del funcionamiento del Estado.
Mientras esto ocurre, los crecientes problemas económicos, más temprano que tarde, tendrán que recibir la atención del país político. En algunos escenarios, su gravedad incluso podría imponer limitaciones al desarrollo de los acuerdos de paz (una cosa hubiera sido la paz con petróleo a 100 dólares; otra cosa es con barriles de 30). Cada día que pasa se hace más urgente que la economía colombiana se ajuste a la realidad del final de la bonanza petrolera.
El país sigue montado en un tren de gastos excesivo, semejante al que tenía en la época de las vacas gordas, financiado con recursos del exterior. La magnitud del gasto insostenible se registra en el monumental déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos, superior al 6% del PIB. Este desajuste se ha podido mantener únicamente porque han seguido llegando capitales atraídos por el aceptable manejo macroeconómico pasado y, en particular, por el “grado de inversión” otorgado por las calificadoras de riesgo, una especie de paz y salvo que avala el flujo de recursos hacia Colombia.
Un cambio repentino de las condiciones externas o un deterioro fiscal pronunciado (que causen la pérdida del “grado de inversión”) podrían hacer que se precipite una recesión (eso sucedió en 1999 cuando ocurrieron varias crisis internacionales y el país padecía de un enorme déficit fiscal). Ya se perciben numerosas señales de alarma (la economía china se está desacelerando; las de Estados Unidos y Europa muestran señales de debilidad; la latinoamericana está en recesión y los precios de los commodities siguen decaídos). Los capitales muestran cada día aversión a los países emergentes, se refugian en el oro y los títulos de Estados Unidos y podría llegar el día en que eviten las economías más desequilibradas.
Como la devaluación no ha producido el ajuste (las exportaciones no tradicionales no han reaccionado), sólo una disminución ordenada de la demanda agregada, inducida por el alza de las tasas de interés y la reducción del déficit público, puede achicar el déficit externo a niveles razonables. Las preocupantes proyecciones fiscales muestran, además, que es necesario recortar el gasto y enfrentar la reforma tributaria en los próximos meses.
En días pasados se anunció que para darle vía al plebiscito a mitad de año, la reforma sólo se discutiría en el segundo semestre. Ahora que se percibe que el plebiscito podría ocurrir en septiembre u octubre, no se sabe cuándo aterrizará la tributaria en el Congreso. Mientras tanto, el esfuerzo por contener el gasto seguirá recayendo en las tasas de interés que, mes a mes, elevará el Banco de la República.
Dado que el desarrollo de los acuerdos de La Habana se vería frustrado por una crisis macroeconómica, los interesados en el éxito del posconflicto tienen razones para apoyar el ajuste de la economía colombiana en los próximos meses.