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Sobre este renglón, usted acaba de leer la combinación de letras que me ha permitido ganarme la vida. La misma que podría acabar conmigo.
Una servilleta es otra si tiene la firma de Picasso. Los fetichistas que coleccionamos autógrafos somos legión. La X es la marca del analfabeta. Béatrice Fraenkel, antropóloga de la escritura, cuenta que desde la Edad Media la firma se debate entre el signo de validación y la exploración del enigma de la identidad. En el periodismo, la firma genera poca reflexión en tanto es percibida como un trámite mecánico (“póngale la firma…”), y no como una construcción. Para algunos es una marquilla con un nombre bordado al reverso de la camiseta del colegio. Otros la exhiben como si fuera el número diez de la selección.
La firma no es el ADN ni la huella del periodista. No es estática ni única porque el autor tampoco lo es. Si recordáramos ese detalle, dejaríamos de leer tonterías. Sin embargo, en nuestra biblioteca esas tonterías son una forma de agradecimiento a los autores por sus grandes obras. (Las editoriales conocen nuestra sensiblería).
Los editores saben del riesgo que encarnan las grandes firmas. De la misma pluma provienen Cien años de soledad y Noticia de un secuestro. Las oscilaciones del autor no se restringen a cuestiones geográficas ni de edad o estado de salud: son de orden existencial.
Por estos días todo “deviene” en arte: el “arte de la culinaria”, el “arte de la joyería”, el “arte de seducir” (cocina de autor, joyas de autor, amante de… ¿?). Rotular una actividad como “arte” supone elevar su categoría en el horizonte de la creatividad y factura. La entrega del Premio Nobel de Literatura 2015 a la obra periodística de una reportera es, también, el homenaje a una colectividad.
La firma es la expresión de la singularidad profesional y humana, dadas las características del oficio. “El único patrimonio del periodista es el buen nombre”, dice Tomás Eloy Martínez. Intuyo que Javier Darío Restrepo lo vincularía con la honestidad, y Ryszard Kapuscinski con la bondad. En condiciones de libertad de expresión, la firma es el producto de decisiones voluntarias del periodista. Medirse a solas frente al espejo la camiseta con el número diez del capitán es un ejercicio sano. Desafiar la escritura propia —tomando nota de las luchas ajenas— es una aspiración legítima. Pero en público, es evidente cuándo se luce una talla ajena. Hasta The New York Times ha salido a la calle con prendas robadas (devaneos de la vanidad y la desidia periodística).
La primera letra que aprendemos es la de nuestro nombre. Quizás en ese instante los periodistas iniciamos la búsqueda de nuestra identidad profesional. La firma habla de nuestro recorrido. De la distancia que todavía nos falta.
Desde la A hasta la Z, las letras de mi firma permanecen en el bosque encantado de las fábulas infantiles… el obstinado anhelo de que las historias que escribo —como periodista— tengan un final feliz.