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Mi viaje al imperio

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Para celebrar mi ingreso a la tercera edad quería hacer una fiesta con TODOS mis parientes y amigos, y bailar son hasta el amanecer.

Para albergarlos debía disponer de un lugar muy grande, donde cupieran unos en una salita, otros en otra, algunos de pie y los más rumberos bailando, de modo que no terminaran dándose puños después de tomarse unos tragos, porque mis amigos socios del Country o de Los Lagartos no toleraban compartir con mis amigos simpatizantes de la guerrilla, y a mis amigos ricos les parecían lobos mis amigos pobres, y mis amigos blancos se sentían mal sentados en una mesa con mis amigos negros.

Analicé mis opciones: no disponía de un lugar así y opté por aislarme en un paraíso: no quería que el silencio de mi alma lo interrumpieran las noticias, ni los timbres del whats app, del celular, de los sms, ni tampoco las cariñosas llamadas de felicitación. De modo que invité a mis dos hijos solteros a que nos aisláramos durante tres días de la invasión de la tecnología en nuestras vidas, a que estuviéramos presentes en ese ahí y en ese ahora y a que me acompañaran a cumplir uno de mis sueños: conocer lo que los cubanos llaman Cayo Hueso, y el resto del mundo denomina Key West, ese extremo sur de la Florida, separado de Cuba apenas por 90 millas de mar azul —el comienzo del Caribe—, un lugar de ensueño donde vivió sus últimos años el gran Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura y maestro de la crónica, ese Hemingway que retrató la guerra civil española de modo tan minucioso, que si él hubiera sido corresponsal para el conflicto colombiano, la matazón no nos hubiera durado tanto porque sus descripciones de nuestra barbarie nos habrían espantado y nos habríamos dado cuenta del daño que nos causa eso de odiar y de odiar y de pregonar, aquí y allá, el ojo por ojo y el diente por diente. Entonces habríamos parado mucho antes la guerra.

En la madrugada del jueves llegamos a Key West. Soplaba una brisa fresca. Sin embargo, en esa sociedad del desperdicio, que enciende luces de día, gasta billones en empaques innecesarios, procesa los víveres con químicos, ha expulsado los jugos naturales de su oferta, se envenena a sí misma y está a punto de acabar con la especie, todos los ambientes estaban refrigerados por el innecesario aire acondicionado que apagué para abrir las ventanas y permitir que nos inundara la vida. Me levanté con el sol. Me asomé al balcón. Me estrellé contra el paraíso. Fui al comedor. Los meseros, rubios y hostiles, parecían ametrallarme con la mirada. Así eran todos en ese lugar. Su hostilidad no hacía juego con el paisaje. Mientras mis hijos dormían, escribí mi columna, esa en que los invité al Teatro Libre. (¿Ya vieron Un Hombre es un hombre, de Bertold Brecht? ¡No se lo pierdan!). Puse send. Se despertaron mis hijos. Emprendí una batalla campal para que se desconectaran de whats app y de facebook. La perdí. ¡Sus 625 amigos interrumpieron cada rato mi soñado retiro! Fuimos a la casa de Hemingway: un gringo idiota la describió con tono de narrador de espectáculo de Walt Disney. Su tour, que se demoró mientras narraba tonterías, nos arrebató el tiempo para mirar lo importante. Me fui furiosa. Corrimos hacia la milla cero para alcanzar a verla con luz: una cola de turistas esperaba retratarse junto al mojón que dice “90 miles to Cuba”.

En lontananza, adiviné entonces la silueta de esa islita que a punta de dignidad frenó la obsesión gringa por invadirla y se hizo respetar del imperio.

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