Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Todo lo que el hombre emprende acaba en lo opuesto que había concebido, afirma el escritor Emil Cioran. Y Colombia se ha especializado en llevar a la cotidianidad esta sentencia.
2016 se proyecta como el año para la puesta en escena de esta visión que apunta hacia el hecho de que toda iniciativa de cambio termina pareciéndose grotescamente a aquello que quiso transformar. Es el estado que invade el interior de las universidades colombianas y que se replica sin pudor en colegios estatales y privados.
Tras el loable fin de garantizar la calidad de la educación superior, se crearon dependencias nombradas pomposamente como Oficina de Gestión de la Calidad que poco a poco han ganado mayor preeminencia que las mismas Unidades o Facultades Académicas. Tecnócratas deshumanizados pontifican sobre el destino de los modelos pedagógicos y de las mayas curriculares de cada facultad, al punto que son más consultados por el Rector, que los mismos maestros expertos en su saber específico y que bien o mal, viven el día a día con los futuros profesionales de esta Colombia que se apresta a un período de posconflicto.
Entonces se erige imperturbable el reino de las certificaciones que no es más que la legalización de la burocracia académica. Para cualquier quehacer se requiere un formato que garantice la evidencia del proceso y he aquí que los maestros llegan agotados al hecho en sí, es decir, al acto de educar, porque gran parte del tiempo que debieran emplear en la preparación de una clase, leyendo un libro, debatiendo ideas con sus estudiantes o formulando un proyecto, lo usan en el diligenciamiento de documentos que a su vez, sostienen en sus cargos a esa nueva especie de seres inventados por el neoliberalismo: los gestores de calidad.
Vaya ironía: los gestores de calidad, léase economistas, administradores de empresas, en un fracaso de los auténticos espacios para ejercer con idoneidad sus saberes, encontraron que ante la ausencia de industrias que coordinar, esas nuevas empresas llamadas universidades los han acogido como los Mesías que las llevarán a habitar los predios de la competitividad, como si educar fuera un asunto propio de la producción en masa de objetos y herramientas para arreglar una sociedad en construcción como la colombiana.
Ahora es el tiempo de la sistematización, de la coordinación de procesos. Que todo encaje, que nada sobre, que todo sea coherente para cuando vengan los pares evaluadores de ISO o Icontec encuentren el paraíso educativo que se ha construido a costa del exilio de la contradicción y del discurso crítico, esto es, del destierro de las Humanidades. Porque hay que ver la prepotencia pseudo intelectual de estos gestores de calidad; hay qué ver cómo sonríen ante la candidez del maestro que defiende al ser en lugar de la políticamente correcta cifra; hay que ver cómo se erigen cual autores de los planes de desarrollo o cartas de navegación de los centros universitarios; hay que ver la satisfacción que invade a rectores y decanos cuando obtienen la dichosa certificación así ni siquiera estén enterados de las dificultades cognitivas que padecen profesores y estudiantes.
Creada la Gestión de calidad para trabajar en armonía y engrandecer el oficio de educar que es por naturaleza crítico y creativo, asistimos a la instauración de la universidad como una institución presta para la formación de operarios cuyo pensamiento homogéneo no les permite contextualizar en qué país viven. Recuerdo aquí a Cioran ante la visión del embotellamiento vial un día en que se dirigía hacia el Louvre: “! Mira, hombre! ¡Mira este espectáculo! El hombre creo el coche para ser independiente y libre. Ese es el sentido del coche y mira en qué ha acabado”.