Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
“El amor es el astrolabio de los misterios de Dios”. Así señalaba el camino hace siete siglos el poeta más leído hoy en los en Estados Unidos, Jalal al-Din Rumi, más conocido como Rumi, el de Anatolia.
Nació en el siglo XIII, en Persia. Musulmán de origen, abrió luego un camino espiritual sin ortodoxias blandiendo la hermosura de sus poemas místicos que beben tanto en la fuente coránica de los Sufís como en los arroyos de la Biblia y en otras refrescantes escrituras orientales.
“Ven, ven, quienquiera que tú seas,
Vagabundo, idólatra, adorador del fuego,
Ven, inclusive si has violado tus votos por mil veces,
Ven, y otra vez de nuevo.
La nuestra no es una caravana de la desesperanza”.
La belleza de sus versos, que en nosotros evoca a un Whitman ancestral, es sutil y embriagadora. Sus ghazals también son contundentes y exigen para el viaje hacia la Unión la valentía del guerrero, la pasión del amante, la lucidez del sabio y, sobre todas las cosas, un amor sin mezquindades. Como es usual en la poesía mística, el amor espiritual, con un tinte de erotismo depurado, juega un papel fundamental en el anhelo de traducir lo intraducible de las esferas supremas del éxtasis al lenguaje del hombre del bazar. Dos o tres veces el poeta se enamoró de sus maestros o discípulos y extrajo de esta fuerza las esencias de la más destilada poesía. Cuentan sus biógrafos que un encuentro del 30 de noviembre de 1244 en las calles arenosas de Konya fue definitivo: allí estaba el errante derviche y hombre santo Shamz al-Din, oriundo de Tabriz. Fue tan intensa la fuerza de ese amor, que se encerraron los místicos dos meses, en los que el sabio le transmitió a Rumi, su aprendiz, los misterios de la divina belleza y majestad. Tanto descuidó el estudioso a su familia que llegó a escandalizar a su entorno social y familiar y murmuran las lenguas atrevidas que su propio hijo mandó a desaparecer a Shams, sin trazos, para siempre. Esta experiencia de añoranza, amor y pérdida transformó al buscador en un poeta, El Poeta por excelencia de su lengua persa.
Los estudiosos modernos de Rumi, al explicar el auge de un poeta antiguo entre los contemporáneos, hablan de él como un lírico recóndito y provocativo, que comprendía la tradición Sufí, la naturaleza del éxtasis y la devoción y transformaba ese poder en poesía. Dice bien de los contemporáneos que lo aprecian. Coleman Barks, su traductor actual más prolífico y talentoso que propició con sus rendiciones al inglés un renacimiento del poeta, explica algunos elementos que lo han hecho perdurable: “Su frescura imaginativa sorprendente. La añoranza que sentimos al atravesar su obra. Su sentido del humor. Siempre hay algo juguetón mezclado con la sabiduría”.
Quizá sea esta veta juguetona la que inspiró a los discípulos de Rumi a crear la ceremonia llamada Sama, en la que la orden de los Mevlevi emprende un baile místico; en ella los derviches giran sobre sí mismos a gran velocidad creando con la música y el ritmo un trance extático sublime. Esta ceremonia espiritual tradicional, preservada en Turquía, ha sido declarada patrimonio inmaterial de la humanidad. En el oasis de las noches silenciosas aún se escuchan las sugerencias del maestro para seguir gozando del misterioso viaje:
“Danza, cuando estés resquebrajado.
Danza, si has arrancado el vendaje (de tus ojos).
Danza, en medio de tu lucha.
Danza, cuando ya estés libre del todo”.