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Impotencia

Guillermo Zuluaga
08 de febrero de 2016 – 03:16 p. m.

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El manual del optimista a ultranza y del exitoso a prueba de dudas dirá que no se debe ser quejoso y, al contrario, tener siempre una mirada positiva frente al horizonte. Más aún tratándose de los inicios de un nuevo calendario. Y sin embargo…

Estás al frente de una pantalla o de unas páginas viendo los primeros aconteceres del año y una sensación comienza a apoderarse de tu cuerpo. Es como un nudillo en la garganta; un leve cosquilleo en las corvas; un cierto malestar en la boca del estómago. Las noticias dan cuenta de las últimas decisiones, de nuevas movidas de quienes detentan el poder, y entonces esas sensaciones parecen la somatización de una epidemia colectiva que abruma por estos días a los colombianos peor que la de los mosquitos esos: la impotencia.

Porque no hay otra forma de nombrarla. Quizá rabia, o tristeza, pero para esas hay algunos remedios que las palían un rato: quizás un hombro cercano, un trago de licor, una bebida aromática y tranquilizante. Algo transitorio en todo caso. Pero seguís al frente del televisor, o de un PC, o estás cerca de un radio y oís, o mirás sin querer las páginas de un diario, de una revista: anuncian, por ejemplo, la venta de una empresa tan cara a los afectos de los colombianos; una institución tan importante para el futuro y la soberanía nacional, y empiezas a querer hacer algo. ¿Qué? ¿Ir a una marcha? ¿Escribir en las redes? No basta ni tiene eco: hay un gobierno autista que ni oye, ni ve, ni entiende… sabes que nada hará cambiar las decisiones de esos todopoderosos que se pavonean a cada gobierno —siempre los mismos apellidos— y deciden por ti, por el vecino, por el resto. Entonces, quieres hacer algo, y sin embargo…

Arranca un nuevo año y te dicen que, además, el dólar seguirá en la cresta de la ola, y a lo mejor un vientecillo lo lleve más arriba; que vienen reformas tributarias, y entonces te van a gravar con un incremento hasta los libros y útiles escolares —pero al tiempo te dicen que el Gobierno quiere trabajar decididamente por la educación—, y entonces sabes que este no es más que el discurso de cada temporada. Te duele que eso ocurra, quieres gritarles que son incoherentes, poco creativos, incompetentes. Sin embargo…

Otro anuncio es para pedirte que ahorres agua: se gastaron quizás un jugoso presupuesto en una agencia de creativos afectos a este Gobierno que también lo fueron del anterior y del que vendrá para sugerirte, ¡vaya genios!, que te bañes con poca agua. Y caes en cuenta de que el mensaje lo mandan los mismos que otorgan licencias mineras en los páramos. Y te preguntas, entonces, dónde está la coherencia. Te dan ganas de gritarles que piensen más en el futuro de sus hijos que en llenar sus arcas de dinero. Y sin embargo… sabes que a tan pocos les importará lo que tú grites.

También te dicen que hay que apretar el cinturón y hasta el impopular e impotable ministro se va en clase económica a Europa, tanta pantomima, pero al tiempo escuchas detrás que alguien susurra sobre un jugoso contrato tasado en miles de millones para una empresa de un amigo cercano al Gobierno que también fue cercano al Gobierno anterior y al de atrás —siempre los mismos con los apellidos de pedigrí que estarán, claro, en el próximo Gobierno asesorando—, y tú ni siquiera has podido firmar un contrato que te garantice que pagarás la seguridad social de este mes, ni tenés siquiera los pasajes para seguir yendo a la oficina a llevar la hoja de vida a ver si de pronto una “palanquita del doctor”…

Sientes que te duele todo esto. Te duele tu país, tu gente. A veces te preguntas si acaso no tienen razón aquellos que te enrostran que votaste por este Gobierno; que si esa es la paz que querías… pero en el fondo no te arrepentís: adentro de ti sabés que igual lo hubieran hecho los otros. Tampoco ellos lo hicieron cuando estuvieron. No deja de dolerte. Y sin embargo…

Vendrán nuevos años, nuevas decisiones. Sabés que dentro de poco igual estarán los mismos decidiendo. Y sin embargo…

Te duele todo esto. Sientes una angustia que te camina dentro de la piel. Quisieras hacer algo y lo pensás; sin embargo…

Más te duele porque sabes que es tan poco lo que se puede.

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