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Una cultura respetable

A COMIENZOS DE SIGLO PASADO, Japón sufrió la tragedia de Kanto, el terremoto más letal de su historia; murieron 140 mil personas y Tokio quedó devastada por los incendios que propagaron los vientos. Veinticinco años más tarde, en 1948, 3.500 personas murieron después de que un sismo golpeara Fukui.

27 de marzo de 2011 – 08:00 p. m.

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El terremoto de Niigata de 1964 dejó menos de cien muertos, pero importantes daños en infraestructura. En 1995 otro sismo arrasó con la ciudad de Kobe, 6.500 personas fallecieron y más de 100.000 casas resultaron destruidas. Este año el país nipón sufrió, de nuevo, otro desastre: un terremoto de 9 grados en la escala de Richter, con epicentro en el mar, cerca de Sendai. El movimiento telúrico generó un maremoto, que con olas de hasta 10 metros de altura barrió buena parte de la costa norte. Hasta ahora las autoridades han registrado 10.668 personas muertas y asciende a 16.574 el número de las desaparecidas. Para agravar la tragedia, todavía se desconoce el impacto de las emisiones radiactivas tras los daños en algunos reactores nucleares.

La historia de Japón, plagada de desastres naturales, explica, en parte, la impresionante organización del país asiático en sus sistemas e infraestructura. Desde tiempos inmemoriales la arquitectura nipona ha contemplado estos fenómenos. Los templos y pagodas, por ejemplo, eran de madera joven, sustituida cada cierto tiempo, y no se usaban clavos sino vigas que encajaban unas en otras, lo cual hacía más flexible la estructura. Con el tiempo, el desarrollo de tecnologías ha generado todo tipo de técnicas, que van desde sistemas de bloqueo de las gavetas de la cocina, hasta sensores que detienen los trenes de gran velocidad para evitar que se desencarrilen con el movimiento. También se han desarrollado centros de estudios como la Agencia Meteorológica, que además de estudiar los terremotos, ha impulsado métodos para el manejo de la crisis y todo tipo de programas pedagógicos para dar a conocer las normas de emergencia.

Tales desarrollos, por supuesto, no dejan de sorprender en un país como el nuestro, que sigue improvisando en el manejo de las fuentes hídricas y los sistemas de alcantarillados, que no ha logrado montar planes de ordenamiento territorial y que cuenta con todo menos con sistemas de emergencia invernales pese a que, por nuestra ubicación y geografía, viviremos, como siempre lo hemos hecho, dos temporadas anuales de lluvias, que cada cierto tiempo —y más con el cambio climático— harán estragos.  Sin embargo, esta organización técnica que hoy nos deslumbra, no ha impresionado a todos por igual: los países que, a diferencia del nuestro, han entendido las ventajas de la planificación y se han preparado para resistir las inclemencias de la naturaleza que por azar les corresponden ven como resultado necesaria tal organización. Finalmente, el país nipón ha recibido uno de cada cinco de todos los sismos que han ocurrido en la historia del planeta y bastante han tenido que aprender.

No obstante, el mundo entero, sin excepción, ha quedado quieto ante la transmisión en vivo de algo que incluso a veces se creía un mal legado del pasado: los valores colectivos, esos que corresponden a todos y que rebasan bruscamente los límites del individuo. Japón no tiene habitantes, tiene ciudadanos que aprenden, desde pequeños en las escuelas y luego en las universidades, a no causar molestias, a respetar el orden y a entender la importancia de la organización para el bienestar común a pesar de que éste se encuentre destruido y ninguna acción particular vaya a hacer la diferencia. Pensar desde el lugar del otro es una práctica diaria de su cultura, una disciplina que les surge por reflejo antes que el cálculo de sus consecuencias, y es por esto, y no por los avances en tecnología, que Japón saldrá adelante de la desgracia, como lo ha hecho antes y como lo hará en el futuro. Una lección importante porque el deber no se funda en incentivos, pero nuestra educación sí lo ha hecho y con ella los sistemas privados y, peor aún, los públicos.

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