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El presidente Juan Manuel Santos firmó el 22 de diciembre de 2015 el decreto que legalizó en Colombia la producción, comercialización y exportación de cannabis para uso medicinal.
Su texto, que fue elaborado en conjunto por los ministerios de Justicia y Salud, con participación del de Agricultura, contempla la emisión de licencias para la posesión de semillas de cannabis y cultivo para fines médicos y científicos.
Un acierto, pese a los grandes enemigos que todavía tiene este tema.
Para probar eso hay que mirar los resultados que ha tenido la legalización de la marihuana en el exterior.
Por ejemplo, es sabido que Estados Unidos tiene un gran problema con la adicción a ciertos analgésicos legales de prescripción como Vicodin y OxyContin. Las muertes por sobredosis de estos opioides se han triplicado desde 1991, y aproximadamente 46 personas mueren por día a causa de este tipo de sobredosis.
Sin embargo, en los estados que han aprobado leyes que permiten el uso medicinal de la marihuana, la cifra anual de muertes por sobredosis de opioides ha disminuido al menos en un 25 por ciento. (Ver Painkillers deaths drop by 25%)
El completo estudio, realizado por el Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health, demostró que la marihuana resultó más efectiva para tratar el dolor de los enfermos de cáncer, de otros pacientes con dolores crónicos y de deportistas lesionados, y, más importante aún, con muchos menos efectos secundarios. (Ver Marijuana and the NFL by Bryant Gumbel)
Radical. Pero más que radical, es positivo.
Por otra parte, el 15 de julio de 2015, el Drug Policy Alliance publicó un informe en el que establece que, después de la legalización de la marihuana incluso para usos recreativos en los estados de Washington y Colorado en 2012, en los años siguientes la venta de marihuana al por menor ha generado más de $200 millones de dólares en ingresos fiscales. Un buen negocio. (Ver Marijuana Legalization)
Fuera de eso, se han ahorrado millonarios recursos por no arrestar y procesar delitos menores de marihuana y las tasas de crímenes violentos han disminuido radicalmente. A diferencia del alcohol, la marihuana no genera niveles de agresión, lo que representaba un problema grave en esos estados en eventos deportivos o de entretenimiento.
Es claro.
Por eso el presidente Juan Manuel Santos dijo en el foro de la fundación Buen Gobierno que hay que debatir la política antidrogas. “Es legal fumar marihuana en Colorado mientras Colombia encarcela a cultivador”. (Ver Twitter Juan Manuel Santos)
Y es correcto.
Sin embargo, es importante establecer que debatir la política antidrogas no debe significar, bajo ningún motivo, venta abierta ni ausencia de control, sino regularización del negocio, de la producción, transporte y comercialización, con duros permisos para cada actividad, estrictos controles de calidad del producto para que no sea adulterado, y precisiones legales como venta únicamente a mayores de edad por canales autorizados.
Fuera de eso, es necesario abrir el debate para la legalización total controlando medidas secundarias como no publicitarla en los medios de comunicación, no comercializarla cerca de instituciones educativas, y otras limitantes que se ejercen y han funcionado con el tabaco y el alcohol.
Para eso es importante seguir invirtiendo no solo en la guerra contra los carteles, sino también en educación sobre sus efectos, acompañamiento de campañas de prevención al consumo abusivo, y tratamiento médico a los adictos.
No hay soluciones perfectas, solo alternativas peores y mejores.
Como tampoco hay políticas ideales. Hay unas que funcionan y otras que no. La guerra contra las drogas ha sido una que ha ido demostrando su fracaso y que requiere nuevas estrategias. La legalización es la mejor alternativa hasta ahora, entendiendo que el problema requiere una solución práctica y no moral.
@yohirakerman