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Nadie se muere la víspera

Enrique Aparicio
06 de febrero de 2016 – 09:16 p. m.

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Don Alveolo Ramírez era un hombre entrado en los 85. Espigado, de 1.92. Con una energía desbordante. Su único hijo, Juanito, era su mano derecha: servicial y con la paciencia del Santo Job.

El martes después del Viernes Santo, Don Alveolo, en una tarde muy gris de ciudad de México, empezó a sentirse mal. O más bien remal. Sudaba sin parar, no quería comer y aunque Juanito se desvivía por estar con él, a nuestro enfermo se le olvidaba quién era el personaje que le hablaba. Fue el jueves de esa semana que Juanito llamó con urgencia al médico de la familia, el doctor Jerónimo Ayala y Caliente –por parte de madre- y le explicó la terrible situación con el ruego que los visitara lo antes posible.

El galeno, sin titubear, después de usar el estetoscopio para oír todo lo que sucedía en las entrañas de Ramírez, hizo una mueca de espanto.

-Doctor, ¿usted cree que se nos va a ir?

Don Alveolo, al oír la frase, secundó la idea. “Sí me les voy. Llamen al cura.”

El Doctor en medicina Ayala y Caliente añadió: “Juanito es mejor que se prepare para lo peor. La solicitud de llamar al cura es apropiada” dijo como si estuviera dando una clase magistral.

Bartolomé Horacio de Diego -Diego es una ciudad muy antigua en España y el señor cura era de allá- olía a vino de consagrar, pero también a Rioja tinto gran reserva y a ajo.

-Mi padre está por partir a otro mundo señor cura. Él ha pedido que venga usted para administrarle los Santos Óleos.

Bartolomé no se demoró. Sacó una cajita que parecía una muestra para vender productos finos y después de ponerse el atuendo especial para esos casos, comenzó una oración en latín “Deo Patre nostro et filius Jesus…” A todas estas el enfermo medio reaccionó. Abrió los ojos y vio a Juanito mientras el cura se retiraba a prudente distancia.

-Mira hijo, me muero pronto. Te pido que una vez ocurra el suceso, inmediatamente, me cremes, pero utiliza un cajón de madera muy barato. ¿Me oyes?

Un grupo de parientes cercanos, que se enteraron del triste desenlace de Don Alveolo, el jueves después del Viernes Santo se presentaron hacia las 4 de la tarde y desfilaron frente al moribundo. Hubo palabras de aliento para la nueva aventura, pero nuestro muerto daba ya muy pocas señales de vida.

Juanito de nuevo preguntó al Doctor Jerónimo Ayala y Caliente si su padre lograría llegar a la mañana siguiente. Nuevamente la voz cavernosa del galeno le contestó que era imposible.

Cuando Juanito recibía solicitudes de su progenitor era a lo alemán: había que cumplir al dedillo, al centímetro para no fallarle. Así es que mientras los deudos trataban de acompañarlo, tomó el teléfono y llamó a la funeraria que se anunciaba en la sección de páginas amarillas del directorio telefónico: “Entiérrese y goce como un faraón. Si lo desea podemos incluir a su señora sin costo extra. Suegras excluidas.”
-Diga en qué puedo servirle -dijo el dependiente con gran entusiasmo.
-Pues vea usted, necesito un cajón.
El que estaba en el otro lado de la línea no lo dejó hablar.
-Llama usted en el momento perfecto, tengo unos en rebaja, para la gente elegante con dinero, digo con fe. Están hechos con cedro de Guanajuato.
-Pero si en Guanajuato no hay cedros.
-¿Cuánto hace que no va a Guanajuato?
-Muchos años.
-Vea compadrito, pos eso le pasa por no estar al tanto de lo que están sembrando allá.
-Mire, la verdad es que necesito un cajón bien barato, pero muy barato, es para cremar a mi padre y así lo ha pedido: barato.
Sintió la decepción del vendedor.
-Está bien. No perdamos tiempo ni usted ni yo. Le voy dar la mejor oferta que puedo y pare de contar. Se trata de un cajón hecho de bambú, en este caso no es de Guanajuato sino de las sobras de la construcción. Lo llamamos el cajón Eco, es decir ecológico, pues no fastidia el medio ambiente y además tiene una apariencia tropical.
-Bueno, deme uno -y le explicó que debía llevarlo al día siguiente a la casa número 18 de la calle Cojera de perro, esquina con María la loca y enfatizó: “Pero debe llegar a las 8:30 de la mañana, puntual.”
Con arrogancia se le aclaró a Juanito que la funeraria, creada en 1835, nunca había llegado tarde a una entrega.

Luego llamada al Crematorio.
-Señor necesito un turno para mañana a las 12 pm.
-Lo haríamos con mucho gusto, pero estamos llenos.
Al oír el ruego de Juanito y después de explicarle que el esfuerzo para colarse en el turno tenía su precio, o sea el doble, todo quedó arreglado. La cancelación se haría por adelantado.

Las horas de la noche pasaron inclementes, no se oía a Don Alveolo, estaba casi sin respirar. Antes de amanecer, como algo bíblico, no estaría ya en este mundo. El cura Bartolomé, que había rezado el rosario varias veces, tenía la cara compungida no por la tristeza sino por el hambre e insinuó que se retiraría para venir temprano por la mañana a continuar la compañía.

El sueño fue venciendo al buen primogénito. Lo despertó el timbre y sin pensarlo dos veces fue abrir la puerta.

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-Buenas, venimos a entregar un Eco para usted o quien sea. – Dos hombres grandotes sin esperar se fueron digiriendo a la sala con el cajón.- Me firma aquí y buena suerte.

Miró el reloj, 8:30 en punto. Ya Don Alveolo debía estar en el cielo negociando entrada. Cuando de pronto un grito de instrucción.

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-Juanito el jugo fresco de naranja, mi café y mi elixir –un licor llamado Jägermeister que le mandaba un amigo que vivía en Europa, que tenía un sabor curioso entre remedio para matar ratas y yerbabuena.

-Papá, qué susto nos diste. Creímos que te habíamos perdido, pero parece como si hubieras resucitado.
-Es que no entiendes Juanito, mi elixir debe tener una dosis perfecta y si exagero me dan unos guayabos que me siento morir.

El You Tube es algo diferente.


Que tenga un domingo amable.
 

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