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Deseos tenemos todos.
Nos atraviesan desde la infancia hasta la más lejana conciencia. Los imaginamos y el mundo los reinventa. Pareciera un carrusel sin fin donde se van exhibiendo las mejores prendas de ambiciones y apetitos. Deseos para sobrevivir, reír y, a veces, matar. Nacidos en los sentidos, van evolucionando como corrientes subterráneas que devoran individuos, grupos y sociedades. Se componen de sensaciones e imágenes y casi siempre viven del buen criterio, la serenidad y los bolsillos. Deseamos el confort, al otro, la belleza y la eternidad.
Cada deseo recorre un camino específico con sus decisiones. Están los deseos de la carne, por ejemplo, donde cada cuerpo se desviste con los cambios hormonales o se reinventa mutando gozos y géneros. Muchos se disfrazan para mimetizarse entre las calles. Deseos que son vagabundos y recorren todos los cuerpos ajenos hasta poseer sin permiso las habitaciones de las esperanzas más recónditas. Cada orgasmo con su deseo.
Están los deseos del corazón que anhelan la fusión total con el otro, el reconocimiento y la existencia a través del tacto y del afecto. Deseos que no desaparecen y que se confunden con el amor y con la urgencia de ser visto. Deseos llenos de necesidades, de carencias, de ansias y que van siendo como los espejismos que, por perfectos, nunca existen. Es la cotidianidad hecha deseo.
Y en épocas de desajustes, aparecen los deseos del espíritu, los que buscan verdades o están sedientos de sabidurías y definiciones. Estos deseos modelan el mundo, lo radicalizan y fragmentan las ideas y las vidas. Levantan muros. Estos deseos de ser otro, de cambiar, de sentirse especial, incluido, aceptado por un grupo, una secta o un gurú, son tan deseos como cualquier otro. Son los que defienden los orgullos patrios o los fundamentos de esto y aquello. Ni más ni menos puro, todo deseo es motor de evolución y de juego con el destino. Le da forma a la acción, moldea los colores de la moda, los matrimonios y la religión favorita. El deseo se perfecciona en la política, viola los derechos y llena las cárceles. Sin los deseos, el mundo no da vueltas; con ellos, las da más rápido. Son el símbolo de la utopía que nos inventamos cuando nacemos.
otro.itinerario@gmail.com