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Todo depende del color con el que se mire. Si usted es hincha del Nacional debe considerar a Alexis Enríquez como el defensor ideal para su equipo. Todo un varón, dirá, un hombre que maneja los árbitros, hace valer su carrocería de 1,90 m y no se cuántos kilos, les habla, les gesticula, los intimida, les hace sentir el rigor del público, siempre en grandes cantidades en los partidos del verde.
Pero si usted es hincha de los otros 19 equipos del torneo de la A o si no tiene equipo y simplemente es un aficionado al fútbol, pensará que se trata de un jugador con aires matoneriles, que intenta ganar siempre de grito y fortaleza, limitadísimo técnicamente pero que se hace respetar por la fuerza bruta y su permanente insultadera y habladera a los jueces. Lo detestará.
A Enríquez le salió por fin un juez que no se lo aguantó más. Enríquez intentó “tragarse vivo” a Mario Herrera por un fallo inocuo, sin importancia. Enríquez le lleva mínimo 40 centímetros al árbitro, le gesticuló, lo encaró, lo señaló con el dedo en la cara, fue grosero, irrespetuoso en sus actos —no se sabe que le dijo— y acabó exasperando al joven silbato que terminó sacándole la roja. Bien expulsado, agradablemente bien expulsado, felizmente expulsado. Lección para todos los árbitros de este país: no se aceptan más las matonerías de Enríquez, Mejía y compañía.
Cuentan que en el propio vestuario del Cali, en eso que llaman estadio de Tuluá, el técnico del Cali ofreció devolverse en taxi y que su relación con la dirigencia en los actuales momentos es muy mala. Como suele suceder, como ha acaecido siempre, Castro ha tensionado las relaciones con los jugadores y los dirigentes, y se está llegando a un punto de no retorno. Los jugadores están recontra aburridos de sus gritos, de su mal trato, de que les eche la culpa en público, de sus altisonantes declaraciones, de sus métodos de trabajo y la dirigencia también se encuentra molesta por tener que apagarle día a día los incendios que producen sus declaraciones. Castro es el Maduro del FPC, cada vez que abre la boca, mete la pata.
Claro, no falta quién considera que el principal responsable es el presidente, que carente de carácter ha terminado por ser un servidor de los caprichos y las rabietas de su técnico. En la Dimayor todavía están esperando a que Martínez, así se llama el sujeto en mención, ofrezca unas disculpas institucionales a los desaguisados de Castro la semana pasada.
Por eso, todo depende del color con que se mire…