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Chocolate y política alternativa

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Cosas sorprendentes están pasando: un diálogo de paz que sí está arrojando resultados positivos como el de La Habana, un diálogo entre los sectores alternativos que sí pinta con voluntad de articulación.

Me refiero, en este segundo aspecto, a lo que ocurrió hace pocos días en el tradicional sitio de encuentro La Florida (fundada en 1936), célebre por su espumoso chocolate, en plena carrera séptima peatonalizada por un gobierno progresista.

Otro hecho político sorprendente acaba de ocurrir que va en el sentido del anterior: de La Habana, firmado por un grupo de parlamentarios y dirigentes, hombres y mujeres, del espacio alternativo, llega breve comunicado según el cual en reunión de ellos con delegados de las Farc-Ep “se discutió la posibilidad de convocar a un acuerdo social y político por la paz y la constituyente, entre otros mecanismos de refrendación y sostenibilidad de la paz que se avecina”. ¿Quiénes, cómo, cuándo?

Las cosas se mueven hacia la reconfiguración del paisaje político. La insurgencia política comienza a jugar en el campo de la civilidad en lugar del de las armas (Timochenko en Semana). Actores políticos de todos los colores están comenzando a sentir que su peso relativo se modifica porque otros movimientos o partidos entran en la competencia. Se amplía la comunidad política, nuevas combinaciones y alianzas son posibles, algunos ya hablan de gobierno de transición y de un presidente que asegure el cumplimiento de los acuerdos.

Otros elementos vienen a la abigarrada y variopinta izquierda haciéndola aún más compleja y potente: el regreso de la figura de Camilo Torres a raíz del 50 aniversario de su muerte en combate. Pero el Camilo que regresa no es el que empuña el fusil en las filas del Eln sino el que convoca al Frente Unido del Pueblo para la movilización, el cambio de estructuras y la toma del poder por vías de lucha civil. El arzobispo de Cali (¡!) exalta el papel de Camilo en la reconciliación.

Cosas sorprendentes están pasando y se necesita que sigan pasando. La inercia del pasado es preciso domeñarla. Hay que decidirse a cambiar sin vacilación. El país tiene en la paz una oportunidad única para el cambio. El cambio de la política, sobre todo el de la política alternativa para que éste haga que los soportes políticos del establecimiento también se conmuevan y el país comience a recorrer caminos nuevos en procura del buen vivir de las mayorías.

La articulación de izquierdas, progresismos, inconformidades, no alineamientos, no puede quedarse en coalición que es mera yuxtaposición, tiene que ser coalescencia que implica un pegamento programático más fuerte, un proyecto estratégico más definido y un sentido de identidad y pertenencia más caracterizado. En ningún momento se ha avanzado tanto en un movimiento de estas características como con el fugaz Frente Unido del Padre Camilo Torres: mayo a octubre de 1965.

La política, se sabe, “es una alianza de realidad e imaginación, de lo que está ahí y de lo que no está en ninguna parte: la utopía” (González Pedrero, 2006). Se sabe pero no se vive, el pragmatismo ha convertido la realidad rampante en el deber ser para que nada cambie. Sin utopía no es posible pasar de una situación indeseable a una deseable. Sin nervio intelectual tampoco hay nervio moral. La opción alternativa deja de serlo cuando es colonizada por las prácticas de la vieja política.

Necesitamos la fórmula del chocolate de La Florida a ver si por esa vía encontramos la que permita a las izquierdas pasar del archipiélago que somos al continente compacto que necesitamos ser.

@luisisandoval

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