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El fenómeno Trump

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Algunos líderes se valen de las elecciones y los demás mecanismos de la democracia representativa para acceder al poder que luego usan para impulsar reformas que terminan erosionando la misma democracia que hizo posible su triunfo.

En América Latina, Chávez, Morales y Ortega, entre otros, llegaron a la Presidencia por las urnas y desde allí se dedicaron a socavar las instituciones, se hicieron reelegir, minaron la separación de poderes y vulneraron los derechos de las minorías (hace décadas, el nacional socialismo llegó al poder en Alemania por este mismo camino).

Algunas obras de ficción nos han advertido que también en las elecciones presidenciales de las democracias maduras, en lugar de producir el rutinario cambio de un mandatario por otro, se pueden desatar cambios políticos insospechados. Michel Houellebecq, en su reciente novela Sumisión, relata el ascenso de Mohammmed Ben Abbes a la Presidencia de Francia y la conversión de ese país en un Estado islámico. Hace más de una década que Philip Roth escribió, en La conjura contra América, una historia de las elecciones presidenciales de 1940 en las que Charles Lindbergh —el mismo aviador pronazi cuyo hijo murió en un secuestro— derrota a Franklin Roosevelt, le da ímpetus al antisemitismo doméstico e impide la entrada de Estados Unidos a la guerra mundial y, de esta forma, facilita el triunfo de Hitler sobre Rusia e Inglaterra.

Estas reflexiones son pertinentes cuando Donald Trump muestra una inesperada fortaleza en el arranque de las elecciones de Estados Unidos. Este personaje, un billonario vulgar y primitivo, está explotando con notable éxito los temores, resentimientos e inseguridades de los votantes, sobre todo las de los blancos de ingresos medios y bajos, religiosos intolerantes, quienes temen al resto del mundo y, en su país, recelan de los latinos, inmigrantes y liberales, a quienes señalan de ser los causantes de sus propias dificultades económicas y de muchos de los problemas de Estados Unidos. De allí el nutrido respaldo a las propuestas aislacionistas y agresivas del magnate, entre las cuales se encuentran la construcción de un muro en la frontera con México, la expulsión de millones de inmigrantes ilegales, la prohibición de la entrada de musulmanes y la imposición de altísimos aranceles para frenar las importaciones de China (hasta donde se sabe, Trump no se ha pronunciado sobre Colombia, un país que, probablemente, no distingue de México).

Algunos analistas piensan que si Trump llegara a ganar, su proyecto se vería frenado por los contrapesos institucionales y que, además, en la práctica, haría a un lado sus propuestas más extravagantes que, según ellos, son sólo una carnada electoral. Sostienen que sería un presidente más o menos moderado. Otros, sin embargo, temen, como en las obras de ficción política, que, aliado de las mayorías republicanas y de los fanáticos religiosos, como culminación de un largo proceso de ascenso de la extrema derecha, termine por convertir a Estados Unidos en un país extremista y beligerante, una especie de califato con el signo contrario, que avivaría los conflictos internacionales, se cerraría al mundo y hostilizaría a las distintas minorías.

Por su inusual importancia para el resto del mundo, el proceso electoral de Estados Unidos que comienza mañana en Iowa merece la mayor atención.

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