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Por fin, después de 50 años de guerra sangrienta y conflicto armado, parece que la paz se va a firmar este año, y eso significa, entre muchas otras cosas, que personas como Álvaro Uribe habrán sido derrotadas, quedando sin discurso y sin salida. Mientras que el país ha apostado a favor de la paz, y el mundo también, incluyendo varios de los países más influyentes del hemisferio y ahora toda la ONU, Uribe y sus aliados han apostado en contra de la paz y han hecho de todo para torpedearla, pero al final ellos quedarán vencidos, echando espumarajos por la boca, mientras el país sigue de largo y los deja atrás, luciendo cada vez más chiquitos en el horizonte.
POR FIN, DESPUÉS DE 50 AÑOS DE GUErra sangrienta y conflicto armado, parece que la paz se va a firmar este año, y eso significa, entre muchas otras cosas, que personas como Álvaro Uribe habrán sido derrotadas, quedando sin discurso y sin salida. Mientras que el país ha apostado a favor de la paz, y el mundo también, incluyendo varios de los países más influyentes del hemisferio y ahora toda la ONU, Uribe y sus aliados han apostado en contra de la paz y han hecho de todo para torpedearla, pero al final ellos quedarán vencidos, echando espumarajos por la boca, mientras el país sigue de largo y los deja atrás, luciendo cada vez más chiquitos en el horizonte.
En otras palabras, es bien probable que Uribe haya perdido su apuesta. Ya se vio en las pasadas elecciones, en donde quedó claro que el país repudia su retórica de guerra, desprecia a sus candidatos y rechaza sus propuestas políticas. Pero cuando se firme la paz su error de todos estos años será inequívoco: el suyo será un discurso obsoleto, en contra de la negociación y a favor de la guerra, cuando esa guerra por fin habrá concluido.
Lo cierto es que Uribe y todos los que apostaron en contra de la paz cometieron un error colosal, porque no tenían forma de ganar: si triunfaban, es decir, si fracasaba el proceso de paz, ellos perdían, porque quedaban, en gran medida, como responsables de un frustrado anhelo nacional. Pero si fracasaban, es decir, si resultaba exitoso el proceso de paz, también perdían, porque quedaban como gente rencorosa, sin visión ni altura, incapaz de poner de lado sus rencillas personales cuando de por medio estaba el país y un logro histórico, que era terminar 50 años de guerra inútil y sangrienta. Mejor dicho: los que no creyeron en la paz habrán perdido, mientras que la inmensa mayoría de los colombianos, que fueron capaces de imaginar un país sin guerra, habrán ganado.
En verdad, a lo largo de todo este tiempo, ¿qué alternativa han propuesto los enemigos de la paz? ¿Más guerra? ¿Derrotar militarmente a las Farc? Eso nunca fue posible. El gran triunfo de Colombia, gracias a la madurez de su pueblo, a los pasos, acertados y equivocados, de cada uno de los gobiernos anteriores, a la presión militar y al repudio de la población, jamás fue derrotar militarmente a las Farc. Fue derrotarlas políticamente. Por eso ese grupo entiende que se debe someter al proceso de paz. Porque perdieron la apuesta política, y aunque podrían permanecer en la selva unos años más, huyendo de las fuerzas del orden, reclutando a la fuerza a menores de edad, cometiendo atrocidades y asaltos a la población inerme, secuestrando y extorsionando y sembrando minas asesinas, el hecho final es que, tarde o temprano, se tendrían que rendir, porque saben que ha fracasado su propuesta política.
Ahora, con la firma de la paz no veremos la pacificación total del país. Ni desaparecerá toda la violencia ni las causas del conflicto, empezando con la pobreza. Pero sí desaparecerá la guerrilla, la más antigua del continente y uno de los actores más influyentes de la violencia en Colombia. Y no apoyar esa opción habrá sido uno de los peores errores políticos de la historia. El error de no subirse al tren de la paz. Es insólito que este proceso sea aceptado por las Farc, pero no por personas como Álvaro Uribe.