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Verificación de la ONU

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El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas –Csonu— aceptó el pasado lunes 25 de enero presidir y elegir una comisión apoyada en la Celac —azarosa mezcla de países democráticos y castrochavistas— con el fin de verificar en Colombia el cese el fuego bilateral definitivo, la dejación de las armas y las concentraciones de los guerrilleros de las Farc en unas ocho aún no definidas ni delimitadas zonas rurales del país.

La verificación esbozada por el presidente Santos equivale “a ensillar sin traer las bestias”, porque hasta ahora nada se menciona en ella sobre los temas que garantizarían la no repetición con absoluta seguridad: tales como la entrega total de las armas en lugar de la dejación parcial de estas en manos de la guerrilla; el control del libre albedrío de la Farc en las extensas zonas de su concentración; sobre el fin de los numerosos delitos invisibles de las Farc como la extorsión; y, lo más grave de todo, sobre la connivencia del Gobierno con el narcotráfico de las Farc, madre de todos los conflictos.

Ignorar la historia es sostener que la paz de Santos se alcanzará gracias a que Colombia marcha hoy de la mano de todos los países que integran la ONU, tras el acuerdo de verificación aludido. Después de la Primera Guerra Mundial, los aliados victoriosos de Occidente, algo así como la ONU de entonces, le impusieron a Alemania un tratado en cuya firma participó el gran economista inglés John Maynard Keynes.

Resulta que tan pronto como regresó él a Londres escribió un artículo calificando dicho tratado como un monumental error, por sus elevadas sanciones sobre la derrotada Alemania, dijo que sería el preludio de mayores problemas futuros, así como resultó ser la Segunda Guerra Mundial. Los perturbadores Acuerdos de La Habana ya firmados y los por firmar también preludian un posconflicto azaroso. ¿Acaso ha brillado la participación de la ONU en la paz del Medio Oriente? La única solución para la paz de Colombia estribaría en lograr un acuerdo político entre el Gobierno y el Centro Democrático para tal fin.

El periódico gobiernista, El Tiempo, escribió un editorial el pasado 20 de enero, en el cual coincide con quienes sospechan que nos hallamos más cerca de la paz que nunca. Pero aterrizó en el mundo real al finalizar su editorial cuando advirtió:

“Desde luego, hay que recordar las distancia entre el papel y la realidad, y ello incluye un llamado a que la conformación de dicha comisión, así como la definición de los parámetros para su funcionamiento, se haga pensando en el anhelo de los colombianos más que en los tires y aflojes de la mesa”. Opino, más que en los caprichos de los hermanos Santos.

El procurador general, señor Alejandro Ordóñez, sintetizó en forma magistral la paz de Santos: “Lo pactado entre el Gobierno colombiano y las Farc establece un entramado de organismos y de procedimientos que lo que buscan en realidad es sustraer la responsabilidad penal, específicamente del cumplimiento de una pena de reclusión a agentes del Estado y a miembros de los grupos armados organizados al margen de la ley que hayan perpetrado crímenes de competencia de la Corte Penal Internacional”.

Opino improbable que los Acuerdos de La Habana, repletos de “novedades tropicales”, se aprueben y sirvan de modelo para otros países. Porque los entramados más notorios se apoyarán en los numerosos magistrados, jueces, congresistas y observadores que se nombrarán para: la Justicia Transicional, el Congresito y la verificación del Csonu. Si a los nombramientos de personas mediocres, izquierdosas y retorcidas para estos cargos, les entregamos los Acuerdos de La Habana, ambiguos, sesgados y temerarios, imposible considero la no repetición durante el posconflicto.

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