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Un país con carreteras y aeropuertos, una Colombia finalmente conectada. Eso es precisamente lo que debería ser el país.
En un escenario ideal, todo el dinero que le entró a la nación durante los años de abundancia gracias a los altos precios del petróleo, bajas tasas de interés en EE. UU. y alta inversión extranjera debió destinarse para completar la infraestructura que tanta falta nos hace. ¿Pero qué pasó? Se lo repartieron entre los grandes contratistas del Estado, hoy nuevos ricos, que se desplazan durante el fin de año en yates enormes en las costas de Cartagena sin entregar las obras que prometieron y los protagonistas de los múltiples carteles de la contratación que poco a poco han salido a la luz pública. (Al señor que se prepara en este punto a trinar contra la mermelada, se le recuerda que los precios del petróleo llegaron a su nivel más alto en 2008.)
Uno de los problemas de las abundancias es que tapan las deficiencias. Durante años hubo tanta plata que incluso con toda la corrupción de nuestra nación, se alcanzaron a lograr objetivos. Aunque hubo proyectos y obras que se hacieron varias veces, y por supuesto pagar otras cuantas más, se terminaron. Como había tanto dinero, el golpe era menos duro y se notó menos. Ahora, en el momento de las vacas flacas, nos damos cuenta que las ratas no dejaron nada. La Agencia Nacional de Infraestructura ha hecho un ejercicio juicioso en ordenar la caja y diseñar un proceso limpio y moderno de ejecución de proyectos. No hay duda de que su intención es la de hacer que este país dé un brinco hacia el desarrollo. Pero esto tendría mucho más sentido en momentos en que el dinero existía, no ahora cuando el panorama ha cambiado.
Colombia no puede cerrar los ojos y creer que nada está pasando a nivel internacional. Las condiciones actuales nos han dejado con poco dinero para invertir y mucho menos para derrochar. Nos volcamos a ser una nación petrolera en las buenas y hoy que el precio del crudo está en el piso, nos tenemos que sobar de las malas. Es por eso que llegó el momento de hacer un chequeo de la realidad en el gobierno para ajustar sus objetivos y necesidades primordiales y la de hoy no debe ser otra que la de proteger la demanda interna. Una reforma tributaria que cree más impuestos es solamente cargar el arma que puede matar el único motor que queda cuando se apaga el del ambiente internacional.
Las calificadoras de riesgo están atentas a nuestros movimientos y entienden que si no protegen al consumidor y a la industria local, se secará una de las pocas fuentes que quedan para balancear el déficit fiscal. Tal vez llegó la hora de ajustar los grandes proyectos del futuro para proteger el hoy. Eso sí, siempre teniendo en cuenta que el verdadero cambio que necesita el país no es una reforma tributaria o una revolución en infraestructura, si no una ofensiva contra la corrupción.