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La mediocridad de una calificación

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La mediocridad de una calificación

A propósito de la columna “La mediocridad y el periodismo”, de Jorge Eduardo Espinosa (El Espectador, 01/18/16):

Los comunicadores sociales y periodistas no somos más mediocres que otros profesionales. Tampoco estudiamos o leemos menos, ni se trata de que conozcamos menos el lenguaje o que no estemos tan enterados de las noticias. Lo que pasa es que, como me lo decía una jefe que tuve, lo que hacemos, para bien o para mal, es demasiado visible, porque ese es, justamente, el propósito de la comunicación social.

Si un ingeniero comete un error en un diseño, eso está lejos de verse sujeto a la opinión pública; lo mismo si un médico tarda más de lo necesario en identificar un tratamiento para su paciente. Pero si un periodista comete una falta ortográfica, un error de redacción, o hace un planteamiento ineficiente sobre un tema, recibe todo el peso de la crítica, porque lo que hace está a la vista de todos. Pero esto no representa un problema; por el contrario, define un alto grado de responsabilidad para el oficio del periodismo.

Ahora bien, es muy delicado considerar que hay profesionales mejor preparados para este oficio que aquellos que lo estudiamos. He trabajado con profesionales de otras disciplinas, que ejercen como periodistas, y aunque tienen conocimientos más avanzados que los nuestros sobre el uso del lenguaje, les falta por desarrollar competencias que solo se adquieren cuando uno estudia periodismo o cuando uno lo ejerce durante un buen periodo de tiempo.

A estos profesionales: filósofos, politólogos, filólogos clásicos, lingüistas, abogados, etc., les falta, por ejemplo, el olfato, aquel que permite identificar dónde puede haber una noticia; y habilidades como el dominio de la entrevista en vivo, el manejo de los formatos o la agilidad y la cabeza fría para enfrentarse a un cierre de edición. Pero lo más importante, quizá, es que a estos colegas se les dificulta la redacción de un artículo (o la creación de cualquier tipo de contenido) que sea comprensible para todos los públicos, pues normalmente su redacción es muy especializada, y ni hablar de cuánta práctica les falta para escribir un texto a contrarreloj, un aspecto sencillo, pero definitivo cuando uno conoce el ritmo con el que se trabaja en los medios. Vuelvo a citar a mi exjefe para concluir que, en el caso de estos colegas, “lo perfecto es enemigo de lo bueno”.

Sin embargo, contrario a lo que piensa el columnista, yo no creo que esto sea una competencia: quizá él no conoce el concepto de la “interdisciplinariedad”: así como hay profesionales de otras disciplinas que han desarrollado habilidades periodísticas, también hay periodistas que han desarrollado habilidades de otras disciplinas y hoy enriquecen, con su formación en el campo de la comunicación, el quehacer de todos los sectores productivos. Y enhorabuena, si por eso les están pagando más.

Entre las muchas cosas que me gustan del periodismo, me gusta que se trata de una de las profesiones más incluyentes y de mayores campos de desempeño. Pero aunque la quieran ejercer todos, incluidos los que estudiaron periodismo, no todos la pueden ejercer. Se requiere mucho más que conocimientos, y por eso no me extraña que en la columna se lance una crítica contra la formación de comunicadores sociales.

Solo puedo decir que la universidad no construye profesionales; solo hace un acompañamiento, ofrece unas herramientas, no todas obligatorias, sugiere unas ideas, puntualiza unos conceptos, les da a las personas una nueva perspectiva que podría afilar su manera de pensar, pero no tiene la misión de construirles una carrera a las personas. Esto depende de ellas.

En Colombia estamos acostumbrados a un modelo demasiado paternalista. Así, el sistema de salud es el que debe curarme, cuando en realidad soy yo quien debe hacerlo todos los días con mis hábitos alimenticios, por ejemplo; y el sistema educativo debe garantizarme unos conocimientos, un empleo y un salario, cuando en realidad soy yo quien debe hacerlo todos los días con mis hábitos de lectura, por ejemplo.

Como dicen sabiamente, no es la profesión, es el profesional.

María Antonia León. @antoniaonroad

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

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