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El vacío espiritual de Occidente, el despertar del Islam o la marginalización social no bastan para explicar la tentación del radicalismo.
A los atentados de Francia y Nigeria se sumaron los de Estambul, Jakarta y Uagadugú, que cobraron por lo menos 46 víctimas y fueron perpetrados por terroristas presuntamente vinculados al Estado islámico (EI) y al grupo yihadista del Sahel Al-Mourabitun. Si la mayoría de estos ataques fueron realizados por “hombres pertenecientes a organizaciones islámicas y fundamentalistas”, la fórmula no basta para caracterizarlos a todos.
Y no basta porque mientras los atentados tenían lugar, los organismos de inteligencia europeos revelaron los perfiles de jóvenes provenientes de familias laicas, integrados al mercado de trabajo y sin vínculos con grupos fundamentalistas o terroristas que decidieron unirse a los ejércitos del EI para hacer frente a un enemigo secular personificado en un Occidente decadente. La imagen del terrorista marginal y adoctrinado en Sirie e Irak pierde peso frente a estas excepciones.
En alguna medida, estos casos prueban que la guerra religiosa no explica por sí misma la tentación del radicalismo islamista. A las causas objetivas como la marginalización social, el desempleo o la ausencia de expectativas que explican porqué muchos jóvenes europeos lo abandonaron todo para ponerse al servicio de un espejismo que ofrece un porvenir radiante y promisorio, hay que agregar otras menos evidentes, que no se adecuan bien con la ética individual de las sociedades secularizadas ni con las herramientas tradicionales del análisis social, y que por eso son más difíciles de identificar.
Quentin, educado en una familia francesa de la clase media, abrazó el credo islámico buscando un mundo más moral y ético. A pesar de no profesar ninguna religión, su familia respetó la decisión de practicar libremente el culto, pero lentamente la conversión lo llevó a practicar un Islam rigorista que le impedía, entre otras cosas, sentarse en la misma mesa con su madre. Varios imams le explicaron que el Islam estaba lejos de ese tipo de fundamentalismo, pero sirvió de poco. Decidió viajar a Siria a los 21 años para ‘ayudar a las personas’ y hoy no se tienen noticias de él.
Afirmar el vigor interno a través de las virtudes del combate, servir como voluntario un mando que decide sobre la vida y la muerte de sus soldados, sacrificar la vida a favor de una realidad idílica y etérea son actos relacionados con la necesidad de purificación mística que provee la actividad guerrera. Es una pulsión teológica que cuadra mal con los cánones de una tradición ilustrada y racionalista, pero que resulta indispensable para entender lo que ha impulsado y continua impulsando a los soldados franceses, ingleses y alemanes que están combatiendo en el Medio Oriente o realizando operaciones fratricidas.
Porque en el fondo, el radicalismo islamista comparte los rasgos de otros radicalismos políticos y religiosos que han llevado a miles de voluntarios a dejar su patria para abrazar las banderas de una religión o de una ideología. La prueba final del compromiso no es la defensa de la vida, sino la ofrenda que representa la muerte.