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La política gringa está viviendo una transformación muy latinoamericana.
La fiebre del populismo, que tan poco se ha dado en esas frías latitudes, tiene sudando a los partidos tradicionales.
Mientras Donald Trump quiere acabar con el Departamento de Educación de EE. UU., Bernie Sanders propone ofrecer educación universitaria gratis para todos. Mientras Sanders, el precandidato demócrata de izquierda que en algunos estados amenaza con ganarle a Hillary Clinton, quiere darle amnistía a inmigrantes ilegales, Donald Trump, el estrambótico precandidato republicano que puntea en las encuestas, propone construir un muro en toda la frontera.
En el papel Trump y Sanders son opuestos radicales. Pero cada vez son más los observadores del debate político que empiezan a ponerlos juntos como ejemplo de un cambio profundo, y diría yo preocupante, en los sentires de los estadounidenses hacia la democracia.
Hace meses Kathleen Parker, la columnista del Washington Post, advertía sobre las similitudes entre el populismo de Sanders y el “pompulismo” de Trump, muy parecido, pero con mucha más pompa. Las dos candidaturas están basadas en prometer una ruptura con el orden tradicional de la política. Sanders lo hace a través del rechazo a los grandes bancos de Wall Street, y Trump de los políticos tradicionales dentro y fuera de su partido.
Lo importante en ambos casos no es la factibilidad de las promesas. Cualquier experto estaría de acuerdo en que tanto regalar educación universitaria como expulsar a millones de inmigrantes es inviable desde cualquier punto de vista práctico y político. La clave está en apelar a las emociones de grandes bases de votantes —en su mayoría blancos— atrapados en un mundo que cambió mientras ellos siguieron igual.
El populismo en un país ajeno suele tener tintes pintorescos hasta que se vuelve desastroso. Como pasó en Venezuela con Chávez. Oírlo cantar era divertido hasta que rompió lazos con Colombia y Venezuela dejó de ser el segundo mercado para nuestras exportaciones.
Pero el carácter excepcional de EE. UU., su cercanía con Colombia, su lugar en el ajedrez geopolítico, hacen que sus coqueteos con Trump y Sanders sean un asunto menos tropical. Si en algo hemos podido contar, ininterrumpidamente, durante los pasados 200 años, es en la sensatez del pueblo votante estadounidense. Incluso en medio de la guerra más sangrienta que ha visto América fueron capaces de reelegir a Lincoln, el presidente que mantuvo la unión.
El espectáculo de Trump y Sanders, más allá de que eventualmente sean derrotados por el sentido común de los gringos, es ya evidencia de que ese gran activo democrático se está gastando. Estamos a menos de 15 días de las primeras votaciones (de un proceso largo que puede durar varios meses) y Trump lidera con ventaja, y Sanders le pisa los talones Clinton.
Si el mundo pierde confianza en la capacidad del pueblo estadounidense de elegir a líderes sensatos en el poder, lo siguiente que se pondrá en duda será el precio del dólar y los títulos del tesoro estadounidense. Si llega a eso, por mucha pompa y peluquín, Trump no será divertido.