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Starman

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¿Qué tienen en común el fallecido David Bowie y el legado político de los dos siglos anteriores? Para entenderlo no basta celebrar la supuesta fluidez de la subjetividad posmoderna. Menos aún el economicismo de quienes lo saludaron como el hombre que “vendió al mundo los Bonos Bowie,” un “maestro de la reinvención que siempre tuvo éxito”, según David Cameron.

De paso, el oportunismo de Cameron contrasta con la ira que despertó en las redes su mal intento de elegía. También con el yerro freudiano, cómico, de algún comentarista de radio que al registrar la muerte del músico y actor inglés anunció en cambio la del político británico.

Antes bien, lo que cabe comprender mejor es la transformación del poder durante los siglos pasados en una práctica cada vez más atmosférica.

No se trata de reconocer a Bowie como un artista político à la John Lydon. Ello sería un malentendido. Nacido David Jones en ese mezclador cultural que ha sido el barrio londinense de Brixton, Bowie creció a la sombra de la posguerra. Como a muchos jóvenes de la época, ello le hizo sensible a esa peculiar forma de la locura y la muerte que desciende desde lo alto en la forma de aviones caza, bombas, cohetes, y más recientemente, satélites y drones.

Tras la guerra venían las crisis económica y de vivienda, el asentamiento de inmigrantes de África y el Caribe y el desplazamiento forzoso. La familia de Bowie se desplaza a Bromley. Pero el niño ha sido testigo existencial de y se ha formado en el windrush, ese evento fundamental de la historia británica contemporánea marcado por la llegada de los caribeños y sus formas creolizadas de música, lírica y cultura de resistencia que multiplican lo que los habitantes del Brixton actual llaman su espíritu rebelde: “Breakaway Brixton”.

Brixton encarna en su geografía el espíritu jacobino y creolizado que defendían mujeres como Mary Wolstonecraft, su hija, y la poetisa Ana Barbauld, que se rebelaban contra las determinaciones de género y cuya influencia lírica iba y venía entre Londres y Kingston ya en el XIX.

En los 60 y 70, ese corredor atlántico incluía la literatura de James Baldwin, un favorito de Bowie, y los intentos descolonizadores en las Américas interrumpidos por la guerra desde arriba en la forma de jets británicos bombardeando el Palacio de la Moneda –como describe Hitchens en The Trial of Henry Kissinger, otro favorito de Bowie–.

Allí están el origen de las identidades creolizadas y el arte que responde al carácter atmosférico de la fuerza que intenta controlarlas desde arriba. Como lo registran Baldwin, Hitchens y la trilogía de Berlin compuesta por Bowie y Brian Eno, otro creador de la música atmosférica influido por la experimentación electrónica que tuvo lugar en el Chile de Allende. Ayer bailamos por ti en Brixton. Adiós, Starman.

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