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Nada fácil debió ser convocar a los 100 músicos de la Orquesta Sinfónica de Colombia —provenientes de la propia Orquesta Sinfónica de Colombia y de la Filarmónica de Bogotá, las sinfónicas de Medellín y de Cali— y a los 100 de la Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar y presentarlos juntos, durante una noche magistral, el pasado jueves en Bogotá. Mucho menos, hacerlo bajo la batuta del maestro Gustavo Dudamel, hoy a la cabeza de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles y una de las revelaciones en su profesión. Del joven director se dice que tiene un talento que desafía el tiempo. Su precocidad y su prodigio, se asegura, son una combinación que se da, quizás, una vez por siglo. Loable es su decisión de dedicar su música a la consolidación de la región, continuando la vocación de su mentor y cabeza clave detrás del evento, José Antonio Abreu.
El Concierto Binacional, además de ser un verdadero triunfo de la cultura, dejó claro que ésta es el escenario propicio para acercar a ambos países y dirimir sus conflictos. De aquí la importancia de que se defienda el programa de cooperación y los centros culturales e intercambios que contempla. Un programa que, por lo demás, necesitamos que funcione, pues quedó en manos de la cultura lo que no logró, ni logrará, la economía o la política: la unión entre los pueblos, que subyace a cualquier modelo de nación. No en vano el presidente Juan Manuel Santos, durante el discurso de apertura, aseguró que este concierto tiene la tarea de “sellar esos buenos propósitos, que con el presidente Hugo Chávez nos hemos establecido, de acercar a nuestros dos pueblos cada vez más, respetando nuestras diferentes formas de ser, nuestras diferentes visiones”. La política tolera las diferencias, el mercado las ignora, pero sólo la cultura unifica a las naciones en un espacio común, el cual, además, se fortalece con el paso de las generaciones.
Así, entonces, bajo la carismática dirección de Dudamel, con el trabajo de José Antonio Abreu, director del Sistema de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles del vecino país, y nuestra ministra de Cultura, Mariana Garcés, fue posible iniciar el acuerdo de cooperación con paso firme. Sin duda el avance más significativo en el fortalecimiento de las relaciones internacionales de los últimos años. “Una música de amistad y de integración”, dijo el presidente Santos, con referencia al concierto. Sin embargo, no una música cualquiera, sino una de la más alta ambición. No se trata de una unión para fomentar espacios corrientes que sólo recuerdan la desorganización que, por tristeza, nos caracteriza. Se trata de un esfuerzo que, uniendo propósitos, pretende elevar la cultura al lugar que merece y sacarla del tibio escenario de la mediocridad.
Apuntarle cada vez más a la cultura, abordar cada vez más sus expresiones con la dignidad que merecen y dejar de asumirla como un asunto de segunda categoría es la tarea de ambos gobiernos si pretenden hacerle honor al esfuerzo monumental del Concierto Binacional. Ya sabemos que podemos construir en grande, ahora viene la prueba más difícil: mantener, a diario, el proyecto. Afortunadamente, son tan fuertes y tan experimentadas las personas detrás de la agenda a lado y lado de la frontera, que no puede evitarse el optimismo de pensar que del tercermundismo saldremos primero de la mano de la cultura, hasta ahora mirada equivocadamente con desidia.