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Nos acercamos al momento en que se firmará un acuerdo histórico para silenciar los fusiles de las Farc y los del Gobierno contra ellos…
Por: Álvaro Restrepo•
Se vislumbra en un futuro cercano otro proceso de paz con la guerrilla del Eln, que los colombianos esperamos sea más expedito, ya que la lógica nos dice que se construirá sobre las conquistas del largo diálogo con las Farc. Se habla también de la necesidad de enfrentar decididamente a los reductos y residuos del paramilitarismo, encarnados en las Bacrim y otro tipo de organizaciones delincuenciales.
Sin embargo, todos estos esperanzadores logros y propósitos serán, a mi juicio, en vano en un corto y mediano plazo, si el gobierno del presidente Santos —y quien lo suceda en el poder— no emprende una lucha frontal contra el fenómeno de la corrupción en todas sus formas, niveles y capas de nuestra sociedad. Un proceso de paz o una guerra frontal con/contra los corruptos de todas las pelambres, quienes son los que le han hecho la guerra más larga, sangrienta y soterrada a nuestro advenimiento y desarrollo como una nación civilizada y viable.
En varias ocasiones lo he manifestado: quienes roban las arcas de los sistemas de salud, la educación, la vivienda…. son los peores genocidas: asesinan —masivamente y en silencio— las posibilidades de surgimiento digno de generaciones enteras. La corrupción es un fenómeno multiforme: sus tentáculos crecen desde la cabeza del poder y se extienden hasta los niveles más bajos y básicos de la sociedad: desde el ministro que recibe o paga coimas por contratos, hasta el policía que vive de las mordidas o el revendedor de boletas a la entrada de un espectáculo.
Si el presidente Santos quiere convencer a su pueblo de que refrende los acuerdos de La Habana, tiene que comprometerse de manera frontal con la “refundación moral” del país: es innegable que en estos casi seis años de su Presidencia ningún alto funcionario de su Gobierno ha sido enjuiciado por corrupción. Mientras que muchos de los buenos muchachos del Gobierno anterior están presos o prófugos, los funcionarios de este Gobierno han trabajado con seriedad y transparencia. Pero no es suficiente: el reto es lograr, a través de una educación, no sólo escolar o universitaria, sino sobre todo ciudadana (con el apoyo de los ministerios de Educación y Cultura unidos con los medios de comunicación masiva), un cambio de valores, de paradigmas, de imaginario: los colombianos no podemos seguir resignados a convivir con esta autoimagen de corruptos, cínicos, insensibles, indiferentes.
Para muchos, que no han sido tocados directamente por la guerra y que siguen viviendo en “el país más feliz del mundo”, los procesos de paz con las guerrillas son irrelevantes y prescindibles. Si hemos vivido —y prosperado— durante 60 años en guerra, bien podemos vivir otros 60 años en guerra. El dolor lejano de las víctimas no conmueve ni horroriza.
Peor que la violencia de las balas y la de los saqueadores de las arcas públicas, es la violencia de los indiferentes.
Por eso la pedagogía de la paz no es sólo lograr que la gente entienda por qué es importante refrendar los acuerdos. Tiene que ir de la mano con la propuesta del nuevo país que vamos a construir, entre todos y todas, una vez las balas se hayan silenciado y podamos escuchar de nuevo nuestros anhelos, nuestros clamores y nuestras voces.
• Director, Colegio del Cuerpo.