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Entre rubíes y un reloj que funciona hace casi 500 años

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Mi condiscípulo Luis Alberto, a quien de ahora en adelante llamaremos LA, fuera de ser un amigo desde los 11 años, era el nieto del rector de mi colegio y, además, su papá tenía un reloj de pulsera que me imagino solo utilizaba en ocasiones especiales.

Tan de malas el señor que un día después del colegio llegué a la casa de LA y comenzamos a hablar sobre los relojes que tenían rubíes. ¿Por qué dimos el paso siguiente? No me acuerdo. Pero decidimos sin mas ni mas sacarle las piedritas al famoso reloj quizás pensando que era muy fácil y que el dueño no se daría cuenta.

Comenzamos como unos cirujanos delicados. LA se consiguió unas pinzas de las cejas de la mamá y unos destornilladores pequeños. Duramos unas tres horas tratando de desarmar el artefacto sin mayor éxito. Se iba haciendo tarde y acordamos vernos al día siguiente para terminar la tarea del desarme.

Llegué según lo convenido y después de una hora y pico de tratar de terminar el trabajo, ya cansados, lo convencí que había que tomar medidas drásticas. El poder de convencimiento me ha costado un montón de dolores de cabeza en la vida y esta situación no sería la excepción. El martillo con que procedimos a sacar el tesoro color rojizo, acabó de paso con el reloj, pero eso sí nos repartimos el resultado de tan ardua labor.

Me fui tranquilo a mi casa y le pregunté a mi mamá cuál era el valor de un rubí. Después de obtener una respuesta vaga, algo así como: son muy costosos, decidí que tenía una fortuna en mi mano por cuenta del papá de LA.

Guardé cuidadosamente en una cajita la parte del botín que me tocó. Dos días después el profesor que estaba a cargo de nuestro curso nos llamó a LA y a mí. El Rector, o sea el abuelo, quería hablar con nosotros.

Un hombre muy bien educado, con unas maneras exquisitas. Cuando nos vio, sutilmente nos preguntó que cuál era el interés nuestro por la relojería, o mejor dicho por machacarla a punta de martillo. Todo esto de manera impecable y con un leve movimiento de la mano se rascaba la cabeza.

Oyó repuestas bastante complejas de nuestra parte y, finalmente, la historia del reloj pasó a otro plano y obvio la mamá de LA le prohibió terminantemente meterse conmigo, como si yo hubiera sido el total culpable, cuando lo que hice fue exponer la idea brillante de darle con un martillo.

Pero el “amor” por la relojería volvió a surgir, esta vez de una manera más constructiva, digamos casi científica. Llegamos a Berna, capital de Suiza. Nos habían anunciado un tiempo invernal con temperaturas bajo cero. Para nuestra sorpresa los días de fiesta de fin de año estuvieron llenos de sol. Parte de los “beneficios” del cambio climático.

Suiza, sin ofender a nadie, me la he imaginado siempre llena de vacas, nieve y relojes. En la avenida principal de la ciudad me encontré frente a un inmenso reloj enclavado en una torre, –ver You Tube– que funciona desde 1530 y su fabricante no fue un relojero, sino un armero-relojero. Además su mecanismo es perfecto, no tiene prácticamente atrasos y tres minutos antes de la hora canta un gallo, a la hora en punto un bufón parece tocar la campana (lo hace realmente una figura dorada en la cima de la torre) y un hombrecito gira un reloj de arena, luego aparece un carrusel con muñecos semejantes a osos que comienza a dar vueltas. Lógico hay que darle “cuerda” mediante unos pesos de piedra y unas poleas que son accionadas todos los días por un operador –ver You Tube-. Algo fantástico que demuestra el adelanto de esta gente desde esa época.

Para redondear la experiencia nos pusimos en contacto, gracias a la oficina de turismo de la ciudad, con un verdadero relojero, de carne y hueso, que tuvo la amabilidad de mostrarnos su taller donde comenzó su padre, también con el mismo oficio, hace muchos años.

El You Tube muestra a nuestro relojero haciendo reparaciones a un reloj de 1780. Se especializa en dar servicio a relojes antiguos. Una persona consagrada a su oficio que tiene su almacén en la calle principal de comercio de la ciudad.


Que tenga un domingo amable.

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