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Te digo que quizá nuestro país no es un país pobre pero sí un pobre país. Y digo eso porque tal realidad sigue siendo igual en 2010, a pesar del tiempo pasado. Incluso podemos estar peor porque no en vano un país vive ocho años de chabacanería, y con ésta asimila ciertas conductas censurables como algo “normal” y las lleva a su imaginario, con las consecuencias que ello entraña. Sabemos que los estragos en el campo antropológico, de la cultura, no se superan en el mismo tiempo que demandó incorporarlos al pensamiento colectivo. Dentro de las peores cosas que se le han enseñado a la gente están la valoración positiva y tácita de la avivatada, la trampa, la expresión cínica, soslayando que ello viola elementales parámetros morales.
Después de aquella charla nuestra sale País que duele, título de tu libro que resume lo que piensas acerca de nuestra Colombia, y es entonces alentador compartir esta pena sobre lo que resulta ser el país bajo quienes mandan, se desmandan y hacen lo que les viene en gana. En aquellos días estamos bajo el gobierno de Gaviria, que, visto en perspectiva, y no obstante las frustraciones que deja, podemos considerar un paraíso, comparada la situación con la avalancha que se nos vendrá encima desde el 7 de agosto de 2002.
Ahí empieza tu calvario personal por hablar y escribir claro, lo cual desemboca en un exilio “que duele” y del cual prácticamente no regresas. Luego, internéticamente nos cruzamos temores, dudas, cuitas… sueños que estructuras con la idea de agruparnos internacionalmente.
Entre tanto, algunas actividades específicas me permiten admirarte más, siempre más, a pesar de tus rabietas, simple matiz en la cadena de gestos gratificantes, de destellos de inteligencia y ejemplos de responsabilidad intelectual. Todo se combina: la confianza en lo que delegas, como cuando debemos afrontar conjuntamente el trabajo de acelerar un homenaje que la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, le prepara a Édgar Garavito, tan cercano a Michel Foucault y Gille Deleuze que éste lo invita a París. La enfermedad, que no da tregua para llevarse a tu hermano filósofo, nos obliga a trabajar casi sin parar, incluyendo el 31 de diciembre hasta casi la medianoche, el 1° de enero, y buenas jornadas de los tres o cuatro días siguientes.
Hay que conseguir que ese libro de recopilación vea la luz antes de que Édgar se vaya, y el texto sale cuando el deterioro del gran filósofo colombiano de 50 años ya no le permite estar en el acto de presentación. Dos días después, el 22 de febrero de 1999, él se marcha hacia el espacio incomprobable que ahora comparte contigo. No se me olvidará el cuadro de una tarde, cuando me presentas a Édgar, ya consumido por la dura fase terminal de su enfermedad: consciente, claro, lúcido, haciendo recomendaciones sobre el pensamiento suyo que quedará empastado en el libro-homenaje de la Universidad.