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Por la universidad, siempre

Mario Méndez
05 de enero de 2016 – 09:09 p. m.

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En la década de los 60, la Universidad Nacional fue un hervidero de protestas contra lo que se llamó Plan Básico, proyecto de reforma impulsado por una entidad extranjera; asomaba así tempranamente la nariz del neoliberalismo en el campus.

La campaña contra el Plan era liderada por Armando Caicedo, quien, justo hace 50 años, cuando acababa de morir el cura Camilo Torres en las filas del Eln (febrero 15), encabezó el entierro simbólico de quien había sido capellán de la Nacho. Luego vendrían estudiantes como José Fernando Isaza, quien desde entonces dejaba ver qué magníficas cosas cargaba en la cabeza.

¿Qué ocurría con el Plan? Se buscaba ‘tecnificar’ el centro de estudios, adecuándolo a los profesionales necesarios en la producción. Claro que se necesita preparar a quienes han de ser el motor de esa esfera de la economía de un país, pero eso no justifica que se arrinconen las áreas humanísticas, la cultura, la capacidad de análisis. Y eso parece que se quería hacer allí hacia 1966-1967, pensando en la rentabilidad, algo que suena morboso para quienes defendemos una universidad representativa del alma de una nación, lo cual por fortuna sigue siendo la UN en Colombia.

Traemos a colación este tema porque el 10 de diciembre pasado, en la Universidad de Antioquia, al recibir el doctorado honoris causa, la filósofa estadounidense Martha Nussbaum hizo una crítica muy inteligente de los intentos por convertir la academia en una fábrica de técnicos para la industria, para el comercio, para las ganancias. Dice Martha Nussbaum: “Las humanidades y las artes están siendo eliminadas, tanto en la educación primaria/secundaria como en la técnica/universitaria, en prácticamente todas las naciones del mundo, vistas por los responsables políticos como adornos inútiles”, al tiempo que señala cómo, para ciertos dueños del poder, “el pensamiento crítico no sería parte importante de la educación para el crecimiento económico”.

El tema de la ‘tecnificación’ deja de sonar de pronto pero aparece de vez en cuando porque la racionalidad económica se impone con mayor o menor fuerza en el ejercicio del aparato productivo, según el pensamiento imperante. De modo que resulta provechoso que aparezcan aquellas voces que no se avienen a la idea de países con alto desarrollo económico pero que desechan la necesidad de “desarrollo social”, si no queremos correr el riesgo de tener sociedades ricas pero paradójicamente pobres, donde la dialéctica, la reflexión, el cuestionamiento oportuno, están ausentes.

“Porsiaca” se dice cuando se trata de prevenir algo negativo. Nuestro principal centro de estudios, como la Universidad de Antioquia y otros pocos, tienen el convencimiento de la necesidad de conservar un perfil que los salve del crudo utilitarismo en la función que cumplen. Pero hay que estar alerta, sobre todo cuando en el mundo de la política se presentan grupos que parecen irritarse con el conocimiento y toda manifestación cerebral que luche por el avance social y no sólo económico.

* Sociólogo de la Universidad Nacional.

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