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No muy lejos del lugar en donde pasamos la Navidad, la noche de un 24 de diciembre, hace ya muchos años, un buen padre de familia mandó a sus hijos a acostarse temprano porque, si no lo hacían, dijo, “el Niño Dios no les trae los regalos”.
Obedientes, así lo hicieron y, temprano en la mañana, obtuvieron sus obsequios sin haberlo visto. Todos, excepto la más pequeñita, quien, al despertarse en la noche, se le saltó la curiosidad y, a través de una rendija, tuvo el privilegio único de ver al Niño Dios cuando colocaba los regalos al pié del árbol. Al otro día, madrugó a contarle a sus hermanos: “yo sí lo vi, es igualito a mi papá, pero en calzoncillos”, dijo.
Estoy seguro que, como pocas, esta anécdota sirve para reflexionar sobre la extraordinaria influencia, el significado y el poder de convicción que han tenido las ideas y mensajes de Cristo durante dos milenios, pese a todo lo que se diga sobre la mercantilización de la Navidad y la deformación de sus mensajes en nuestros días.
En primer lugar, al encarnarse en un ser de carne y hueso, que se viste como cualquier otro, Jesucristo afirmó que este mundo es valioso y, así, replanteó la idea platónica según la cual el mundo, no solo no era verdadero, sino impuro, cuando no maligno y perverso. Cristo demostró que aquí, sobre esta tierra, podemos alcanzar la verdad y salir de las sombras, reflejos de las ideas puras, inalcanzables, según Platón, para los imperfectos humanos.
Segundo, al encarnarse, Jesucristo enseñó que todos los seres humanos son valiosos, no solo los gobernantes y los jerarcas, los poderosos y los ricos, sino también los pobres, los humildes, los extraños, los enfermos, los forasteros y las personas con discapacidad. Y, así, debemos amar, no solo a todos los hombres, sino también a las mujeres, a las personas mayores y a los niños, y también a los pecadores. Así, Cristo controvirtió la noción de que lo único importante es la sociedad, la manada, la tribu y que, por lo tanto, los derechos y responsabilidades son colectivos, y los individuos son meros apéndices que se pueden sacrificar por un supuesto bien común. De esta actitud, se reafirmó la idea de la igualdad, la dignidad y los derechos fundamentales para todos y cada uno de los seres humanos.
Tercero, al encarnarse en un ser particular y resaltar la dignidad de todos y cada uno de los humanos, Jesucristo, no solo ponderó sus derechos, sino, tanto o más importante, sus responsabilidades y obligaciones individuales. Por supuesto, tenemos obligaciones como comunidad, pero la salvación es un proceso y una tarea personal. Más aún, como argumentan los filósofos norteamericanos Hubert Dreyfus y Sean Kelly, Jesucristo reforzó la centralidad de cada individuo con la noción realmente revolucionaria de que podemos pecar, no necesariamente desobedeciendo la ley escrita, sino con nuestros malos pensamientos e inclinaciones.
Estas ideas tomaron casi dos siglos en incorporarse al corazón del pensamiento de occidente, pero, finalmente, lo hicieron y se plasmaron en constituciones, códigos y leyes, aunque su aplicación práctica no se cumple aún en todas partes.
Cada Navidad, estos pensamientos revolucionarios se renuevan y expresan en mil formas, hasta en la de un padre de familia que coloca al pie del árbol los regalos para sus hijos, a hurtadillas y en calzoncillos.