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“Dicen que la plata de DMG es de lavado, pues en mi caso sí lo es. Pasé toda mi vida lavando pisos y baños, y luego con mis ahorros comencé a invertir gracias a David Murcia Guzmán”. Las aspiraciones de doña Nelsy Herrera ($27 millones invertidos) estaban mucho más lejos de los $275.000 que la firma interventora de la captadora ilegal DMG dispuso para los socios en la primera instancia de las devoluciones de dinero. Ella estaba ahí, en los andenes de afuera del estadio El Campín, retirada de las largas filas y con un cartel en el que caricaturizaba al presidente Uribe —con cuerpo y cola de rata— para rendirle un homenaje a quien califica como el segundo Jesucristo, a David Murcia Guzmán, a su David. “Yo no voy a recibir las limosnas de un gobierno injusto, a Don David sí le cayeron porque ayudaba a los pobres, pero en cambio ahí siguen enriqueciéndose los hijos del Presidente con la zona franca esa, y quién hace algo… nadie”.
Mientras doña Nelsy comentaba su frustración, Johan Guerrero ($5 millones invertidos) se aproximó, se presentó como miembro de “la familia DMG” y estuvo de acuerdo con las aseveraciones de la señora, quien mientras hablaba parecía caminar sobre la línea que divide la ira del llanto. Discrepo sólo en un asunto: “No creo que David Murcia sea el segundo Jesucristo, yo diría más bien que es el Robin Hood moderno”, sentenció levantando el mentón, como quien pronuncia una máxima.
Desde las siete de la mañana la jornada transcurrió con tensa calma. La inconformidad de los ahorradores se dispersaba en cuatro filas alrededor del estadio que conducían a 16 ventanillas dispuestas para la entrega del dinero. Hacia el mediodía una tenue lluvia amenazó con aguar la tranquilidad, mientras el sargento Andrés Zapata permanecía parado bajo las tribunas surorientales de El Campín, al lado de ocho de sus hombres vestidos de escuadrón antidisturbios, “en labor preventiva, en caso de alguna eventualidad”. El coronel Hans Aguirre, de la Policía Metropolitana, estaba a cargo del dispositivo. “Si hacemos bien cada una de nuestras labores, de aquí nos vamos antes de las seis de la tarde”, les decía el coronel a un puñado de los 160 hombres que se encargaron de vigilar la jornada.
Las ventanillas del costado occidental, sobre la carrera 30, fueron destinadas a las reclamaciones. Allí llegaban aquellas personas que tras hacer fila se daban cuenta de que no figuraban entre ahorradores. “Primero me toca hacer una fila para que me digan que no estoy en la lista. Voy a reclamaciones y me dicen que efectivamente soy ahorrador y que venga mañana por mi dinero, o si lo prefiero que ya mismo me consignan el dinero en un fondo fiduciario. Como en el cuento: la funeraria que se instala al lado del hospital para ahorrar tiempo”, contaba indignado Cristóbal Barranco ($11 millones invertidos) en horas de la tarde.