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No basta un apretón de manos

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La inocuidad de las buenas intenciones es la mejor prueba de que los jefes de gobierno no tienen necesariamente el poder.

 La reconciliación entre partes en conflicto no pasará de los apretones de mano de líderes de buena voluntad, mientras no anide en el fondo de la sociedad. Como los adversarios políticos, e inclusive los contendientes de guerras, pregonan a toda hora su voluntad de paz, cada gesto de apertura hacia el enemigo tradicional ilusiona poco, porque en el fondo sigue vivo el raudal de los motivos de desconfianza y de discordia alimentados a lo largo de procesos históricos extensos y complejos. La tarea de la reconciliación requiere tal vez de mayores esfuerzos internos que exteriores.

Para sorpresa de los medios occidentales, de los observadores de la política internacional y de los actores internos de cada país, el primer ministro de la india, Narendra Modi , resolvió aterrizar en Lahore para ir luego en helicóptero a la casa de campo del primer ministro paquistaní Nawaz Sharif, quien celebraba ese día su cumpleaños. Con esa visita, anunciada mediante llamada desde su avión cuando regresaba de Moscú, con escala en Kabul, rompió una ausencia de más de una década de presencia de gobernantes de la India en suelo paquistaní. Como suele suceder, el aplauso exterior estuvo acompañado de lado y lado de tibias reacciones positivas y de protestas por la actitud de entrega a los intereses del enemigo.

No se trató del primer encuentro entre los Primeros Ministros, que ya habían dialogado brevemente con motivo de la Cumbre del Cambio Climático en París. Tampoco se trató de la primera manifestación de voluntad de mejorar las relaciones entre los dos países, pues cada uno había expresado ya su deseo de actuar en busca de la reconciliación. Ambos, con sobrada razón, han puesto el tema en lugar importante de su agenda, porque la historia de confrontación entre los dos países amerita una oportunidad para cerrar el dramático círculo de distanciamiento que resultó de la división británica de la India, tal vez una de las más equivocadas decisiones de la era colonial, que ha costado ya tres guerras y numerosas escaramuzas entre dos potencias nucleares cuyo recelo en nada contribuye a la estabilidad internacional.

Si, a raíz de la reunión de Lahore, India y Pakistán consiguen crear un clima favorable a la reconciliación, Modi y Sharif estarían abriendo el paso al desbloqueo de uno de los entuertos más complejos que subsisten desde la mitad del Siglo XX. Los obstáculos por sobrepasar son sin embargo enormes, siendo denominador común de todos ellos la desconfianza mutua, que en ocasiones ha impedido que las partes puedan siquiera llevar a cabo encuentros previamente acordados. Y no se trata solamente de los obstáculos provenientes de la era fundacional de ambos Estados, sino de los contenciosos que se han venido sumando a raíz de los incidentes mismos ocurridos a lo largo de medio siglo.

La libertad concedida en Pakistán al presumible responsable del ataque terrorista que en 2008 produjo decenas de muertos en Bombay, ha enfurecido a los indios. Como también les ha resultado particularmente molesto el apoyo de Islamabad a los Talibán, como medida para contrarrestar la creciente influencia de la India en el liderazgo político de Afganistán. De la parte pakistaní, son numerosas las ocasiones en las cuales las fuerzas militares, que se consideran guardianes supremas de los ideales de Muhammad Ali Jinnah, el Fundador de la República Islámica, han expresado su total desconfianza en las intenciones de la India cuando se trata de negociar, particularmente en el caso de Cachemira, motivo principal de la discordia, inamovible a la hora de la verdad para ambas partes. Al punto que ya se pueden imaginar las vueltas y vueltas que dará la tierra antes de que lleguen a un acuerdo.

Pero si bien los acercamientos en el nivel de jefes de gobierno permiten al menos una oportunidad para el optimismo, será necesario analizar con particular cuidado la validez interna de las buenas intenciones. Porque una cosa es que los Primeros Ministros hayan acordado mantener un contacto personal efectivo en busca de una atmósfera favorable para negociar sobre las diferencias históricas que se han venido acumulando entre los dos países, y otra es la campaña que cada uno de ellos debe librar al interior de su espacio político interior. El principal obstáculo a vencer en el caso paquistaní, ya se sabe, es el de la aquiescencia de los militares. En la India siempre será difícil convencer de la bondad de cualquier movimiento al partido que se encuentre en la oposición; que sea cual fuere obra como si nadie quisiera que fuese de otro el mérito de haber conseguido la paz. Las veleidades de la naturaleza humana y la conducta de los políticos tienden a repetirse en todas partes.

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