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La diosa descoronada

Lorenzo Madrigal
27 de diciembre de 2015 – 09:00 p. m.

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No podía creerlo y me refiero, un poco tarde, al muy comentado episodio de la reina universal de la belleza. Uno trataba de reírse, pero se cubría la boca al modo campesino, cuando entendía que también se trataba de una enorme vergüenza, para la reina afectada, para el gran concurso y aun para Colombia.

Personalmente me indignó el leve gesto de genuflexión y agache que mostró ante el público la destronada (viva antítesis de la diosa coronada) para que la antecesora le descolocara la corona (¡se la quitara, válgame!), porque además lucía más alta que Paulina Vega Dieppa. Gesto que bien podría verse de infinita humildad y nobleza de alma. Pero no.

Pienso que cuando ya se han recibido los títulos, los honores todos, la corona real, el cetro, la cinta enaltecedora; cuando ya se ha llorado sobre esos símbolos, se ha abrazado al delirio con la antecesora y se ha escuchado la voz del maestro de ceremonias, sin equívocos, que la ha proclamado reina universal, a todos los vientos; cuando todo esto ha ocurrido, ningún poder humano puede retirar, así como así, los atributos del mando. Algo similar como si la señora Kirchner le arrebatara al señor Macri la banda y el bastón de mando que a regañadientes dejó por ahí para que otro se los entregara. El poder es el poder y en este caso, los símbolos, esto es, la forma, se convierten en la esencia misma y en el contenido.

La humillación soportada no le lució a la reina Ariadna Gutiérrez ni al concurso que ha tenido este bache horroroso, en el despeñadero de su decadencia. Las cámaras no enfocaron más a la diosa descoronada y no se supo a dónde fue a parar o a qué hombro fue a llorar su deshonor y el de su país, el nuestro.

El espectáculo, asaz bochornoso, sirvió, sin embargo, para que el bestial precandidato norteamericano, Donald Trump, tuviera una reflexión sensata, aunque ya el empresario no tiene acciones en el concurso. Dijo que él le hubiera dejado la corona en su sitio a la desairada y hubiera permitido la coexistencia de dos reinas, la de Colombia y la de Filipinas.

Se rumoró de una presión por parte de las autoridades del país asiático. Y tanto este como otros rumores han corrido, desatados por el inesperado y ridículo final de acto, donde tanto se utiliza a la mujer. Esclavitud femenina, exhibida y sometida a cualquier vejación. Quedó a la vista.

***

Seguía saltonamente la telenovela de Celia Cruz. Grandes actores, estupendo romance, locaciones de años 50, bares, melodías, añoranzas; me impresionan los estudios de grabación, aunque con teléfonos recientes. Hay interés político, por la violación de cuanto derecho humano existe, en la Cuba que allí se pinta. Dejo de verla, porque han cambiado los actores y esto es lo peor que le puede hacer un productor a un público fiel.

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