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Aprovechemos el receso para escribir sobre unos cuantos libros del año que termina.
Como toda lista, será subjetiva y limitada, pero tendrá una característica: cada libro mencionado en ella pertenece a un autor latinoamericano. Todavía, como ocurre con el cine del continente, hay una tendencia en el público a menospreciar la literatura que nace en esta tierra. Claro, hay referentes, García Márquez, Borges, Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, Bolaño… casi todos del Boom, pero luego, creen los que leen, hay un silencio, un vacío mediocre. Y esto, claro, no es cierto. Hace unos días, en una librería con librero en Bogotá, es decir, una buena librería, un lector comentaba que había decidido no leer más literatura colombiana. Argumentaba que el último libro de un escritor (escritora, en este caso) que había leído lo había decepcionado tanto, que no se podía permitir esa licencia de perder el tiempo en páginas mal escritas y en narraciones tramposas. Entiendo la esquizofrenia del lector que siente, cada vez que piensa en libros, que el tiempo no alcanza, que las manecillas lo persiguen, se le vienen encima, le hablan apurándolo. Y sin embargo, es absurda la generalización. Hay libros malos, seguro, como en todas partes, y libros que no lo son. En fin, empecemos.
Patria o muerte. De nuevo, una genialidad del venezolano Alberto Barrera Tyszka, el mismo de ese libro que hay que leer y releer sobre la fragilidad de la vida y sobre la inmanente permanencia de la muerte, La enfermedad. Ahora, esta novela premiada con el Tusquets, vuelve a narrarse en Venezuela, en la Venezuela que se vuelve, durante meses, una sala de espera, un pasillo de hospital, una ansiedad que llega después de la anunciada enfermedad de Hugo Chávez. El presidente que lo abarca todo, los odios y los amores, que está en la vida de cada uno de los venezolanos, los que sienten que sin él dejarían de ser, y los que sienten que volverían a ser lo que eran antes de su revolución. Un oncólogo, Miguel Sanabria, su sobrino, miembro disciplinado del PSUV, una madre angustiada por la violencia que no se detiene en las calles de Caracas, un periodista vaciado que trata de escribir sobre la enfermedad de Chávez, dos niños que no entienden los juegos de los adultos, pero que sospechan que algo va mal, que cada paso es un camino al precipicio. Barrera Tyszka, que antes había escrito una biografía sobre Chávez, es capaz de narrar sin odio, sin dejarse superar por la urgencia de insultar o elogiar a quien, con su silencio o su palabra, lo abarca todo. Fantástica novela.
La ruidosa marcha de los mudos. Juan Álvarez, colombiano, decide contarnos la historia de un mudo, pero no es cualquier mudo, es un mudo miliciano que cuenta lo que ve, y ve mucho, en un diario de vida, de guerra y a veces de sospechas de conspiración. Se llama José María Caballero Llanos, hijo de un comerciante que muere en un camino del Nuevo Reino de Granada, hermano de una india fuerte y resistente, amigo del sabio Caldas y admirador secreto de Nariño. Es un héroe anónimo, de esos que no se enseña a los niños en los colegios, que no tienen entrada en Wikipedia, ni biografías minuciosas, ni monumentos frente al Parque Nacional. Nada. Es el dueño de una chichería que decide no dejar que la vida de su país pase frente a su ventana como si eso fuera un problema de otro. El que narra, además, adopta el tono y el lenguaje de la época, con sus expresiones, sus dichos, sus maneras. La idea romántica de retratar a un héroe que nadie recuerda, que a la historia dejó de importarle. Qué bueno es Álvarez. Léanla.
La forma de las ruinas. Juan Gabriel Vásquez, de nuevo, retrata una obsesión. Así como en El ruido de las cosas al caer, el pasado, pero no el de las bombas de los años ochenta, el de las excentricidades de Pablo Escobar, sino el de los grandes magnicidios cometidos por hombres pequeños. El asesinato de Rafael Uribe Uribe, liberal de cuando los liberales lo eran todavía. Jorge Eliecer Gaitán, cuyo asesinato despertó la violenta reacción de miles que, una mañana de abril, sintieron que sus esperanzas marchaban al cementerio. Y, entre ambos episodios, tres personajes: Vásquez, Carlos Carballo, obsesionado con las conspiraciones y la historia enterrada, y el abogado Anzola, contratado por la familia de Uribe Uribe para que encuentre a los verdaderos asesinos. El fragmento de Anzola, narrado en la época del asesinato, no te deja en paz hasta que lo terminas. Juan Gabriel tiene la virtud de hacer de cada personaje un conocido. En una ocasión, leyendo sobre Anzola, levanté la mirada y puedo jurar que lo vi parado allí, en la sala, pensando sobre aquel asesinato.