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La imagen duró apenas unos segundos: un grupo de 12 guerrilleras, ataviadas con camisetas y gorras de su organización, lanzaron una arenga frente a docenas de cámaras y micrófonos, mientras Humberto de la Calle y su equipo avanzaban raudos, en silencio y con rostros adustos, por el pasillo del Palacio de Convenciones. El encuentro fue breve, pero tirante. Esos instantes previos al tercer día de sesiones revelaron las tensiones que han marcado esta primera semana de funcionamiento de la mesa de diálogo entre el Gobierno y las Farc en La Habana.
Desde el primer día fue quedando en evidencia la estrategia de comunicación de las partes. Desde el mutismo de los delegados del presidente Juan Manuel Santos, hasta los breves “shows” que la guerrilla ha montado a su entrada al recinto. Una pequeña “guerra” que se desarrolla frente a las cámaras y los micrófonos con mensajes, algunos directos, otros implícitos.
Directos como el sorpresivo anuncio de un cese unilateral de acciones ofensivas en boca del jefe guerrillero Iván Márquez, al arranque del primer día de sesiones. Simbólicos como el dumi de Simón Trinidad que llevó ese día Rubén Zamora o la boina con el escudo de las Farc de la holandesa Tanja Nijmeijer. Implícitos como las camisetas que portaban las guerrilleras con el letrero ‘PAZ’, pero con los rostros de fondo de Lucero Palmera y Mariana Páez, dos de sus compañeras muertas en combate, y Sonia, hoy presa en Estados Unidos.
En contraste, los enviados del Gobierno adoptaron el silencio ante las cámaras, pero haciendo pequeñas filtraciones y declaraciones grabadas con su equipo oficial de prensa, siempre con el mismo mensaje: trabajo y seriedad. En concreto, se empeñan por transmitir una imagen de austeridad y lejanía.
Está claro: en vista del pacto de confidencialidad que firmaron las partes y que incluye la prohibición de hablar de los hechos del conflicto y revelar los detalles de las discusiones, la puja se ha trasladado a esos otros escenarios. Por un lado, el Gobierno busca cerrarles los espacios a los intentos proselitistas de la guerrilla, dejando en claro su posición dominante, como cuando el fiscal general, Eduardo Montealegre, les notificó a los insurgentes que no podrían salir de La Habana so pena de hacer efectivas las órdenes de captura.
Las Farc, que han demostrado tener destellos de habilidad en el manejo mediático, han capitalizado cada segundo de exposición. Por un lado se declararon en rebeldía con los grandes medios de comunicación colombianos, cuando los acusaron de buscar la chiva de manera “sensacionalista” y calificaron de “nauseabundo” el cubrimiento del acto de instalación del proceso de paz en Oslo. Mientras tanto, anunciaron que atenderían de manera prioritaria a los medios que llaman “alternativos”. En desarrollo de esa pretendida ‘democracia informativa’, optaron por aprovechar los instantes de arribo al Palacio de Convenciones de La Habana para agitar sus banderas y mandar mensajes.
Y así, ha sido la insurgencia la que ha marcado el ritmo y el tono mediático de los encuentros, frente a la posición austera de su contraparte, que ha insistido en que “no caerá en la tentación” de contestarles. Las Farc han dejado claro que es el escenario internacional en el que quieren hablar. De esa manera mandaron el mensaje de que escucharon el clamor nacional al responder de manera afirmativa a la solicitud de cese al fuego de Colombianos y Colombianas por la Paz, tal como lo hicieron en el reciente pasado, cuando anunciaron el fin de los secuestros y las liberaciones de miembros de la Fuerza Pública secuestrados.
Humberto de la Calle y su equipo insisten en que no se saldrán de la discusión del primer tema de la agenda —el desarrollo rural integral— y han dejado que sea el mismísimo presidente Santos el que se niegue a hablar de cese al fuego bilateral e insista en la voluntad de paz de las Farc o que sea el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, el que los descalifique llamándolos “terroristas y mentirosos” por incumplir la promesa de cesar acciones ofensivas.
Esta primera semana de conversaciones dejó claro también que se manejan dos tiempos y dos discursos. Una cosa es lo que pasa en la mesa, donde hay un pulso que podría calificarse de igual a igual. Allí los delegados del Gobierno intentan meter de cabeza a las Farc en la discusión de la agenda y la guerrilla hace esfuerzos por zafarse de lo que considera una imposición y por involucrar otros temas. Mejor dicho: De la Calle y su equipo con su pretensión de forzar resultados prontos y la insurgencia jugando con esa presión a su favor.
Hacia fuera de la mesa, la arena pública es otro escenario en el que las Farc manejan la iniciativa política. En Oslo, por ejemplo, se salieron del simple acto protocolario, pusieron en discusión la apertura de la agenda (Simón Trinidad y participación ciudadana) y enviaron el mensaje de que no están dispuestos a firmar un acta de rendición. En Cuba se salieron del libreto austero y silencioso que añoraba el Gobierno y quieren levantarse con fuerza política y discursiva. ¿Quién ganará en este pulso?