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No, la política exterior no consiste en promover fuera del país la agenda interna del gobierno de turno y recaudar fondos para ella. Esto no parece tenerlo claro el canciller Álvaro Leyva, quien ha enfocado sus esfuerzos en promocionar fuera del país la paz total, descuidando los demás frentes, sin consolidar una política exterior, es decir, una serie de acciones concretas en torno a objetivos claros para hacer valer los intereses del Estado frente a la comunidad internacional.
Podría haber una política exterior propiamente dicha, que trascienda diferencias en los gobiernos, si se dispusiera de personal profesional en relaciones internacionales y diplomacia para su formulación. Pero ese personal, que existe en el ministerio, no parece ser tomado en serio.
Hay malestar interno en la Cancillería con la forma en que este gobierno ha administrado esa cartera. Tal como reportó El Espectador en alianza con el medio Diplomacia Abierta, no solo en cargos de cónsul y embajador se han nombrado amigos del gobierno sin experiencia en relaciones internacionales (por ejemplo, Ligia Margarita Quessep Bitar, embajadora en Italia y amiga de la primera dama), también se han pagado favores políticos con los cargos de primer y segundo secretario, los cuales, por ley, se deben otorgar de manera prioritaria a funcionarios de carrera, pero eso no ha sucedido en la mayoría de los casos. El más reciente fue la designación de Juan Sebastián Jiménez Bolaños, exasesor de Laura Sarabia, como primer secretario en Bruselas. El último de los 56 nombramientos a dedo realizados en este gobierno frente a 47 nombramientos de la carrera diplomática. ¿Cómo lograr un cambio repitiendo errores de gobiernos pasados que desde campaña se prometió que se enmendarían?
En la diplomacia, uno de los terrenos donde los protocolos cobran mayor importancia, Colombia ha descuidado las formas. Ayer, el presidente Gustavo Petro, una vez más, llegó tarde a una cita sin dar explicaciones oportunas, esta vez con el presidente de Suiza, que visitaba Bogotá. En junio, en un remezón interno, salieron sin previo aviso siete de los diez directores subordinados a los dos viceministerios. En la misma semana, el canciller Leyva se refirió a Armando Benedetti, entonces embajador en Venezuela, como un “drogadicto” y luego fue desautorizado por el presidente respecto a la fecha en la que el funcionario dejaría su cargo. En marzo, el embajador en México, Álvaro Moisés Ninco, carente de credenciales para el cargo, pero community manager de la campaña presidencial, sugirió que México debería negociar con los carteles del narcotráfico. Ese mismo mes se dio la salida de la exviceministra Laura Gil justo tras un destacado discurso en la Comisión de Estupefacientes de las Naciones Unidas en Viena en el que promovió la transformación en la política de drogas que busca el gobierno.
Hay que reconocer que gracias a la gestión del embajador Luis Gilberto Murillo fluyen mejor las relaciones con Estados Unidos y que es provechoso para Colombia que se reanuden las relaciones con Venezuela y que se hayan abierto embajadas en África. Estos logros son oportunidades para articular una política exterior y proyectar el país hacia afuera.
Gustavo Petro llegó al poder con la ambición de ser un líder de izquierda latinoamericano y posicionar a Colombia en la región. Pero, como se ha evidenciado, no es posible dar por sentada la unión regional por el hecho de que haya mayoría de gobiernos de izquierda. No es solo cuestión de discursos afines, sino de un ejercicio de negociación alrededor de una agenda clara y una política exterior consolidada, para la cual se requiere una Cancillería eficiente. Presidente, aún está a tiempo de hacer ajustes y retomar el rumbo.
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