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La Comisión Interamericana de Derechos Humanos dictó esta semana medidas cautelares en protección de niños de las comunidades wayúu en el departamento de La Guajira.
De acuerdo con la Comisión, niños en Uribia, Manaure, Riohacha y Maicao se encuentran en “riesgo de salud por desnutrición y por la falta de acceso al agua”. Además de recordar que durante los últimos ocho años se ha reportado la muerte de 4.770 niños wayúus, el comunicado de la Comisión habla de “gravedad” y “urgencia”, de “amenaza a la vida y a la integridad personal”.
Por meses estas denuncias se han ido acomodando, unas encima de otras. Se suceden campañas que recogen donaciones, agua, voluntarios, ideas de emprendimiento. Y decenas de reportajes de televisión, especiales de prensa e infografías, subrayan la crisis humanitaria desatada por la falta de lluvia y la consecuente escasez de alimentos. Gobierno, agencias de cooperación y distintos medios hacen énfasis en dos descripciones. La primera, sobre necesidades básicas insatisfechas. Se repite que no hay agua. Ni recolección o tratamiento de excretas (o de residuos sólidos). Que no hay posibilidad de asearse. De alimentar bien a los niños o de protegerlos contra enfermedades.
La segunda descripción que ronda en la opinión tiene que ver con situaciones extremas de sufrimiento infantil. Detallan marcadores médicos y características físicas. Un informe especial de El Tiempo abre con esta narración: “Pálidos. Su cabello es amarillo o rojizo, es escaso porque se les cae. Algunos presentan llagas en su cuello y peladuras en sus partes dentales. La mirada la tienen bastante opaca; el abdomen, bastante dilatado. Se les ven las costillas. Como los niños de Angola, en África. Lloran y no botan lágrimas”. Las dos narrativas están salpicadas usualmente con juicios a los adultos de la comunidad (“No tienen plata para llevar el niño al hospital, comprarle medicina o hacerle su comida, pero cuando el niño muere, sacan para el mes de velorio”).
El pronunciamiento de la Comisión encaja de alguna manera dentro de esta cotidianidad. Reproduce la debida sensación de emergencia, exije respuestas inmediatas, alude a las necesidades básicas y sufrimiento de los menores. El coro de urgencia anuncia, sin embargo, ciertas tensiones y riesgos. Para describir a toda una población indígena se insiste exclusivamente en la figura del niño, en imágenes de madres e hijos sufriendo. Se recalca la vulnerabilidad de la comunidad y se exige un “mínimo” de dignidad: agua, saneamiento, vacunas, purgas, drenaje. ¿Qué posibilidades políticas existen para ellos, además de ser víctimas a la espera de misiones de ayuda y caridad?
En el camino del agua limpia y los signos vitales se pierden de vista muchas otras luchas y voces que enmarcan la sequía y el hambre. La historia de resistencia wayúu, por ejemplo. No sólo contra el blanco, el nacionalismo colombovenezolano, los impuestos de un Estado que considera ilegítimo, las multinacionales de carbón o la guerra contra las drogas. La rabia de las mujeres, organizadas para contestar la violencia sexual. El retorno difícil de familias que tuvieron que salir corriendo a la ciudad en tiempos de hegemonía paramilitar. “Así como la gente se fue, así regresó” declara Carmen, una mujer wayúu, mientras retorna a Bahía Portete. “El año entrante ya estará lleno de casitas, habrá pastoreo y pesca, porque nosotros siempre hemos sido luchadores, pero ahora estamos volviendo a empezar. Empezar de ceros en Maracaibo hace diez años y ahora empezar de ceros otra vez aquí».