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El genio que se hacía querer

Melba Escobar
16 de diciembre de 2015 – 09:00 p. m.

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A Rafel Baena lo conocí hace unos años cuando pasamos un par de días deliberando para un premio de literatura.

Recuerdo cómo se burlaba: de su tanque de oxígeno, de su ahogo, de su enfermedad, de él, de uno, de todo. Parecía un adolescente renegado. Su delgadez, sus ojos claros como dos piscinas, su goce para hablar de literatura, para decir las verdades más atroces, hacían que uno a su lado se sintiera reencontrándose con un pariente después de un largo viaje.

Rafa tuvo la seriedad suficiente para irse a una finca a escribir de sol a sol mientras sentía que la vida se le iba. Y con la misma seriedad volvió a la ciudad a pasar los últimos años entre su gente querida cuando supo que no le quedaba mucho tiempo. Escribió con urgencia, como si al hacerlo recuperara un poco del aire que le faltaba a sus pulmones. Rafa hizo en diez años lo que muchos autores no hacen en toda una vida dedicada a la literatura. Un hombre serio con mucho sentido del humor. Un maestro que nunca quiso ser solemne. Una rareza de la humanidad que a pesar de la enfermedad, logró consagrarse a un oficio con abnegación de monje y aun así parecer un muchacho disipado hasta el último día.

Luego de haber empezado las carreras de Historia, Economía y Derecho, empezó a trabajar como periodista. Ejerció el oficio en el Diario del Caribe, Antena y Cambio. Hizo parte de Noticias Uno, Cromos y Credencial. Era frecuente que combinara su profesión de fotógrafo con la de redactor. Como dice Juan David Correa: “Rafa era un hombre integral. Creía tanto en la inteligencia como en la generosidad. Fue un escritor tardío en el sentido público, pero un escritor consumado desde siempre. Nunca abrazó la vanidad”. Para el editor literario Marcel Ventura, Baena es un autor imprescindible: “Cuando se muere alguien uno tiende a bifurcar su afecto en dos sentidos: era muy bueno en lo que hacía y era muy buena persona. En el caso de Rafa esa bifurcación es especialmente falsa porque en su amor por la vida —con esos ojos encendidos cuando hablaba de los amigos, de su rol de abuelo, de los caballos— reposaba el origen de la que para mí es la obra más frenética y potente de este país en la última década. Él era, pues, uno de esos raros casos donde la calidad de su escritura se explicaba a partir de su calidad humana”.

Y sí, la potencia frenética de su voz quedó plasmada en Tanta sangre vista (2007), ¡Vuelvan caras, carajo! (2009), Samaria films XXX (2010), La bala vendida (2011), Siempre fue ahora o nunca (2014) y su más reciente La guerra perdida del indio Lorenzo (2015). En ellas respira Colombia, su historia, su violencia, sus pasiones, su humor negro, su belleza, su injusticia, su compasión, su piedad. Con una novela de Baena se puede pasar de la carcajada al llanto, se puede volver al pasado, usar las botas de un guerrillero o de un general. Se vive desde su mirada contra evidente, incómoda, desde su risotada, desde su intensidad y desde la agudeza de su lucidez de adolescente.

Baena tenía 59 años y dejó una obra. Y como si eso no fuera suficiente, tuvo el don esquivo de hacerse querer de todo el mundo. Qué tristeza que hoy ya no esté entre nosotros.

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