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El reloj no da tregua. Donald Trump y Xi Jinping, los dos líderes que simbolizan la rivalidad económica más influyente del planeta, acordaron este jueves en Corea del Sur suspender, al menos por un año, parte de las medidas que habían devuelto al mundo al borde de una nueva guerra comercial. El alcance es universal. Cuando el mayor importador del mundo (Estados Unidos) y el mayor exportador (China) decidieron calmar las aguas, la economía global entera respira… aunque con cautela.
El anuncio, divulgado este jueves, es una tregua más que un acuerdo: un pacto de descompresión que busca estabilizar un sistema internacional fatigado por la inflación, las restricciones tecnológicas y la incertidumbre de las cadenas logísticas. Ambas potencias prometieron suspender o reducir parte de las medidas que venían escalando el conflicto desde inicios de año.
Trump habló de “una reunión 12 sobre 10”; Xi, en cambio, fue más sobrio: “un paso hacia la estabilidad mutua”. Cada parte necesita tiempo.
Washington enfrenta tensiones políticas y un ciclo económico frágil, con inflación interanual cercana al 3 % según el índice de precios al consumidor de la Oficina de Estadísticas Laborales, y una industria que sumó apenas 22.000 empleos en agosto. Pekín, por su parte, cierra el tercer trimestre con un crecimiento del 4,8 % anual, su nivel más débil desde el año pasado.
Ambos sabían que otra escalada arancelaria sería suicida.
Según la Oficina del Representante Comercial de EE. UU., el intercambio bilateral con China alcanzó en 2024 los USD 659.000 millones, un 2,6 % más que en 2023. El déficit en bienes se amplió hasta USD 295.500 millones, mientras que en servicios Washington mantuvo un superávit de USD 33.200 millones, gracias al repunte de exportaciones en turismo, educación y tecnología.
El contenido del pacto
El corazón del acuerdo es simple: pausa. Washington y Pekín extenderán por un año la suspensión de tarifas recíprocas. China, a su vez, levantará de manera temporal los controles de exportación sobre tierras raras —los minerales esenciales para fabricar motores eléctricos, chips y tecnología militar—, una medida que evita el colapso de industrias que dependen de esos insumos.
Estados Unidos reducirá a la mitad (del 20 % al 10 %) el arancel en represalia por el tráfico de fentanilo, después de que Xi prometiera reforzar el control sobre los precursores que alimentan la crisis de opioides en Norteamérica.
En materia agrícola, Trump promete “compras masivas” de soya estadounidense por parte de China, además de eventuales importaciones de gas y petróleo de Alaska. Aunque los contratos aún no están formalizados, el gesto apunta a un intento de reactivar los puentes rurales de su base electoral.
También se alivia por un año los castigos cruzados a las industrias naviera y portuaria, incluidos los cobros de tasas y las represalias a astilleros. Y, en el frente digital, Pekín aceptó “resolver adecuadamente” los litigios sobre TikTok.
Nada se dijo, sin embargo, sobre el tema que define el siglo: los procesadores avanzados. Los chips Blackwell de Nvidia —claves para la inteligencia artificial— seguirán fuera del alcance chino. La omisión fue deliberada, y los mercados lo entendieron.
La lectura global
La reacción fue inmediata y sobria. Las bolsas chinas y europeas cayeron levemente, y los futuros del S&P 500 abrieron en rojo. Ni euforia ni pánico, una tregua sin garantías que no altera las estructuras profundas del comercio mundial. Pero sí cambia su pulso.
En lo inmediato, la suspensión de restricciones sobre tierras raras devuelve oxígeno a industrias críticas: automotriz, aeroespacial, defensa y electrónica, entre muchas otras. En un mundo donde la inflación aún supera los objetivos de los bancos centrales (la Fed se mantiene en cautela, pese al recorte de tasas, por ejemplo), esa estabilidad es un alivio tangible.
También es una buena señal, porque las cadenas globales, aunque tensas, siguen interconectadas.
Para los países emergentes, el impacto es indirecto pero decisivo. Si Estados Unidos y China bajan el tono, se reduce la volatilidad del dólar y los flujos financieros se estabilizan. América Latina —productora de soya, cobre y petróleo— puede ver repuntes moderados en precios y menor costo de importaciones industriales. La tregua también alivia a Europa, que atraviesa una desaceleración y necesita estabilidad en los mercados energéticos y tecnológicos.
¿Qué cambia para países como Colombia?
- Comercio de materias primas: si la demanda china por commodities se mantiene (o aumenta), los precios internacionales podrían sostenerse, lo que ayuda exportadores de materias primas.
- Inversión y cadenas regionales: empresas que ensamblaban componentes en Asia pueden retrasar decisiones de reubicación costosa (reshoring), pero la presión por diversificar proveedores seguirá, lo que da oportunidades para proveedores latinoamericanos en nichos específicos —si ofrecen confiabilidad y escala.
- Tecnología y seguridad: no habrá un cambio inmediato en la disponibilidad de semiconductores; por tanto, la digitalización local sigue dependiendo de las decisiones de grandes actores y no de esta tregua puntual.
Un acuerdo hecho de tiempos, no de confianza
Nada en este pacto es definitivo. Las treguas entre Washington y Pekín suelen durar menos de lo que tardan los contenedores en cruzar el Pacífico. En 2019, una foto similar terminó en nuevas sanciones y en una guerra de subsidios tecnológicos.
El trasfondo es más grande que las tarifas. Estados Unidos, en medio del “Make America Great Again” defiende su ecosistema de innovación invirtiendo y obligando a sus empresarios a fabricar desde su país; China apuesta por la autosuficiencia tecnológica, con costos que abaratan los productos a nivel mundial y, del mismo modo, su calidad. En los hechos, están construyendo dos sistemas económicos paralelos, apenas conectados por conveniencia.
Lo que está en juego
En términos macroeconómicos, el pacto mitiga riesgos pero no cambia tendencias. La inflación puede ceder unas décimas. El comercio marítimo se normalizará parcialmente.
Mientras las empresas seguirán diversificando sus cadenas de suministro, los gobiernos continuarán subsidiando industrias estratégicas, y los inversionistas seguirán leyendo cada gesto de Washington y Pekín como una señal de hacia dónde se moverá el mundo.
El futuro dependerá de si el diálogo anunciado para 2026 —con viajes recíprocos de ambos mandatarios— se convierte en un proceso de normalización o en un nuevo ciclo de promesas incumplidas.
Por ahora, la tregua evita un incendio. Da tiempo, baja el pulso, estabiliza precios y devuelve a los mercados una dosis de previsibilidad que no se veía desde 2021.
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