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Con una lectura pausada, de alguien que apenas aprendió a escribir y a leer, el narco y exjefe paramilitar Ramiro Cuco Vanoy leyó una misiva desde una cárcel en Miami en la que manifestó su deseo de no participar más en Justicia y Paz. La razón: la ausencia de garantías en un proceso de desmovilización que en sus palabras “agoniza ante la mirada indiferente del Gobierno Nacional”. Una derrota para las más de mil víctimas del Bloque Mineros —que estuvo a su mando—, que se inscribieron en el caso con la promesa de reclamar justicia, verdad y reparación.
El Señor de Tarazá, como aún es conocido en el Bajo Cauca antioqueño, donde fue amo y señor, alcanzó a confesar en Justicia y Paz alrededor de 369 hechos delictivos, entregó bienes por un valor superior a los 30 mil millones de pesos para la reparación y le reveló a la Fiscalía la existencia y ubicación de cientos de fosas comunes. Luego de su extradición a Estados Unidos, el 13 de mayo de 2008 aceptó su participación en por lo menos 1.800 crímenes más.
Argumentando su salida, Cuco Vanoy dijo: “Es absurdo continuar dentro de un proceso que no otorga derechos mínimos procesales”. También señaló la protección reiterada que ha pedido para su familia e hizo un recuento de las muertes de sus seres queridos: dos meses después de su extradición, su hermano Nelson Vanoy Murillo y la esposa de éste, Yesennia Uribe Berrío, fueron asesinados en zona rural de Tarazá; el 19 de octubre de ese mismo año fue baleado su hijo Vladimir a la entrada de una urbanización en Tenjo (Cundinamarca); y después fue el turno de su sobrino Raúl Vanoy, acribillado por sicarios en Cúcuta el 24 de enero de 2009.
El excomandante del bloque Mineros de las Auc, sentenciado en octubre de 2008 a 24 años de cárcel por un juez federal de Florida por los delitos de conspiración, tráfico de drogas y lavado de dinero por introducir cocaína en Estados Unidos durante dos décadas, reiteró además que tal como se viene desarrollando la aplicación de la Ley 975, “es una pérdida total de tiempo seguir confesando delitos cometidos durante más de 20 año para que queden convertidos en simples documentos de consulta”. Y se refirió a la decisión del expresidente Álvaro Uribe de extraditarlo junto a 13 jefes de las Auc como una “decisión política, que vulneró todos los preceptos de la Ley de Justicia y Paz, así como el derecho de reparación y verdad de las víctimas”.
Vanoy agregó: “Desde mi llegada a este país, hace más de tres años, he soportado graves dificultades, que se iniciaron con la restricción en una prisión de castigo en una ciudad ubicada a tres horas por tierra de la ciudad de Chicago. Allí fui sometido a castigos extremos tales como no poder hablar con mis seres queridos sino una sola vez por semana, la suspensión de mi correo personal e impedir el acceso a mis abogados defensores”.
En su carta Cuco afirmó que aunque su estado de salud física y mental se agravaba en Estados Unidos, siempre le expresó al Gobierno su voluntad de continuar dentro del proceso de Justicia y Paz. En sus palabras, ese compromiso se ve reflejado en las seis sesiones de versión libre realizadas desde la prisión en Estados Unidos, en las que confesó 1.854 hechos delictivos, y las tres audiencias de imputación de cargos en las cuales le imputaron 192 hechos criminales.
Este capo de origen campesino, que nació en Yacopí (Cundinamarca) hace 62 años, trabajó como esmeraldero en Muzo (Boyacá) y en los 80 junto al capo Pablo Escobar, hasta que se convirtió en su enemigo y le declaró la guerra a muerte junto a ‘Los Pepes’ (Perseguidos por Pablo Escobar). Vanoy fue amado y temido. Pavimentó vías, construyó parques infantiles, clínicas, comedores comunitarios, remodeló ancianatos y regaló de todo: mercados, ventiladores y cenas de Navidad. Así fue que pronto hizo un imperio en Tarazá (Antioquia) que desplegó a punta de populismo, mafia, terror y sangre, hasta llamar la atención de Estados Unidos, que lo reconoció como uno de los mayores ‘narcos’ de Colombia desde finales de los 80.
La historia de cómo Ramiro Cuco Vanoy Murillo llegó a ser el comandante de un ejército de 3.000 hombres, que extendió su poderío por regiones que le pertenecían a otros temidos jefes ‘paras’ como Carlos Mario Jiménez, Macaco, y Salvatore Mancuso, así como la fuerte influencia política y empresarial que tenía en el bajo Cauca antioqueño, aún no ha sido del todo contada, como tampoco han sido aclarados las cientos de muertes y desapariciones que se le atribuyen. Quizás por esa razón, la noticia de suspender su participación en el proceso de Justicia y Paz es un baldado de agua fría para las víctimas, que ven inciertas las promesas de un proceso de Justicia y Paz que está lejos de serlo.