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Mientras se llega al acuerdo definitivo sobre justicia, hay temas regionales que afectan la vida cotidiana que es necesario comenzar a destacar porque en unos años, cuando la guerra sea objeto de historiadores, sólo podremos escribir sobre monótonos conflictos sin pólvora.
Cuando la carretera de Bogotá a La Calera fue pavimentada, al final de los años 60, se gastaba entre 20 minutos y media hora desde el pueblo a la capital. Hoy, un domingo en la tarde, se necesita hacer una cola de dos horas para llegar a la ciudad. Si se hace el trayecto al contrario, pero en la mañana del domingo, hay que andar paso entre paso porque caracolean cientos de ciclistas que ocupan buena parte de la vía. Muy sano para ellos, muy peligroso para todos. No es excepcional que haya un muerto cada fin de semana. Tampoco que haya accidentes de moto porque muchos habitantes de la zona han comprado esos vehículos, tan versátiles como antipáticos, para evitarse el trancón diario en una buseta de servicio público que puede gastar una hora y media en el trayecto.
La clave del nudo está en los semáforos de la Avenida Circunvalar y de la carrera séptima con calle 84. Ahí se hace un trancón que congela el tránsito desde la calle 100 hasta la Avenida de Chile los domingos en la tarde y todos los días entre 6 y 9 de la mañana y entre 5 y 8 de la noche. Sobra decir que la Circunvalar también se paraliza por idéntica razón, y durante el mismo tiempo, en los mismos días. De subida, los jueves, viernes y sábados, las bermas son invadidas por gente que rumbea en los bares y restaurantes que miran sobre la ciudad. En dos o tres sitios el tránsito es interrumpido porque la gente parquea prácticamente sobre la carretera. Son zonas muy frecuentadas y donde la droga es reina. La Policía no interviene para impedir los bloqueos de la vía pública –un delito– ni pone retenes para medir el nivel de alcohol que los conductores llevan entre pecho y espalda. Algo raro pasa cuando nada pasa. Los jueves y los viernes en la noche hay paseos de motos de altos y medianos cilindrajes, que a toda velocidad producen un ruido infernal y no pocos accidentes mientras la Policía duerme. Todo sin hablar de los buses del SITP varados, de los buses rumberos que dejan una estela de humo negro y de los camiones que a oscuras bajan madera y cemento.
La urbanización invade terrenos no sólo de La Calera sino de Sopó y de Guasca. La construcción no ha podido ser detenida, ni siquiera mermada. Para resolver el problema de la movilidad se proyecta ampliar la vía existente a cuatro carriles y empatarla con la autopista de cuarta generación que unirá la de Llano con la del Norte. Los vehículos que van hacia el norte de Bogotá entrarán por esa vía, lo que agravará la situación insostenible que hoy se sufre. La nueva obra conducirá a un embudo en el que a los carros les nacerán, como en el cuento de Cortázar, matas y bejucos. Nada se resolverá hasta que se haga una salida hacia el norte por la calle 93, al lado del Seminario Mayor, o se construya el túnel de El Codito. Mejor será un cable aéreo entre La Calera y la Avenida de Chile, como el que hubo hace años entre la fábrica de Cemento Samper y la calle 135.
La Calera se ha convertido en una especie de pent-house de Bogotá; los campesinos han vendido sus parcelas a los urbanizadores y se han transformado en semiurbanas las áreas que no hace mucho eran barbechos. Ya hay edificios residenciales en veredas. El pueblo, que era godo, ahora vota liberal. Será necesario adecuar las normas del POT a las nuevas realidades, en busca de un sano equilibrio entre el uso del suelo y la conservación del medio ambiente. El aire puro y el paisaje deben ser rigurosamente respetados. Pensando en el futuro, es urgente que cuchillas como las de Las Moyas, El Sarnoso y El Chocolatero sean declaradas zonas de reserva forestal. Es hora de encontrar una alternativa para las aguas negras distinta a la de dejarlas escurrir hacia el río Teusacá, uno de los afluentes más limpios del Bogotá y que contribuye al llenado del embalse de San Rafael.
Los problemas planteados no sólo son un asunto que afecta la región de La Calera. Son más bien evidencia de los errores nacidos en una planeación urbana torpe y mezquina que enriquece a los grandes urbanizadores en detrimento de los intereses de toda la comunidad.