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Implosión poblacional

Daniel Pacheco
07 de diciembre de 2015 – 09:06 p. m.

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“A beber y a tirar que el mundo se va a acabar”. La solución para el final de los tiempos podría encerrar, con algunas modificaciones, la salvación del mundo como lo conocemos. Me explico:

El próximo año la población en edad de trabajar de las economías desarrolladas se empezará a reducir. La tasa de natalidad en Colombia, de 2,2 hijos por mujer, apenas supera la tasa de reemplazo de 2,1. En el 2050, según proyecciones del DANE presentadas en el informe Misión Colombia Envejece, de la Fundación Saldarriaga Concha y Fedesarrollo, la población del país aumentará apenas 0,1%, y estaremos cerca al pico poblacional de 61 millones de colombianos. Entonces, a tirar sin protección que el mundo se va a acabar.

Entre expertos empieza a surgir un nuevo consenso sobre el problema demográfico. Aunque el espíritu de Thomas Malthus está vivo en nuestra cultura popular, y a voz de calle nos estamos reproduciendo sin control y la sobrepoblación llevará a agotar los recursos de la tierra, el problema parece ser otro, el contrario. Gracias a la expansión de servicios de salud la gente en la mayoría del mundo está viviendo más tiempo, al mismo tiempo que la tasa de reproducción se reduce drásticamente. Estas dos tendencias generan una implosión poblacional, un problema ya apremiante en economías desarrolladas, y uno inaplazable para economías como la colombiana que aún no se han terminado desarrollar.

Según datos de un informe especial del Wall Street Journal, los cambios demográficos en EE.UU son “dramáticos y sin precedentes”. La edad promedio en ese país aumentó lo mismo en los últimos 34 años, que en los 80 anteriores.

Las tensiones para un mundo de economías globalizadas es incalculable. Dentro de cada país hay menos trabajadores y más dependientes, sobre todo ancianos. Esto generará una presión insostenible sobre los sistemas de seguridad social, y abre serias preguntas para el modelo mismo de crecimiento económico sobre el cual ha estado soportado el incremento sin precedentes de bienestar y riqueza de la humanidad en los últimos 60 años.

Como la tragedia maltusiana en su momento, la implosión demográfica llega cobijada con un aire de inevitabilidad. Tal vez la única esperanza (eliminando de tajo la idea de reducir “artificialmente” la población de personas mayores) sería un segundo baby boom, como llamaron en EE.UU al periodo de alta fertilidad de la posguerra.

En el caso colombiano, en un país plagado de embarazo adolescente, la propuesta parece improcedente. Pero desde una perspectiva de largo plazo, la evidencia sugiere que una tasa reproductiva más alta sería una invaluable contribución para el futuro del país.

Pero no es tan fácil. Las mujeres deciden hoy tener menos hijos por razones estructurales. El trabajo de cuidado y la crianza recaen desproporcionadamente sobre ellas. Al mismo tiempo, las leyes de protección a la maternidad funcionan a medias en los mercados formales, y son inexistentes en la informalidad, donde trabajan la mitad de los colombianos. Un debate sobre la reproducción es entonces inaplazable.

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