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Empiezan las negociaciones protocolarias sobre el ajuste del salario mínimo.
Infortunadamente, en lugar de ser un espacio de concertación y coordinación de acciones entre empresarios, sindicatos y Gobierno, dirigido hacia resultados de mayor eficiencia en términos de bienestar social, se parece más a un ritual con un libreto ya bastante conocido, repetido y aburrido: los sindicatos piden un incremento de 4 o 5 puntos porcentuales por encima de la inflación observada, los empresarios alertan sobre mayor desempleo, el Banco de la República habla de riesgos inflacionarios, y el Gobierno decreta un salario mínimo cercano al propuesto por los empresarios, calificándolo como justo, equilibrado y sensato.
Aunque el salario mínimo es una victoria sindical histórica, se pone a prueba cada año con las negociaciones. Y la tarea de los sindicatos es elevar el costo político que el Gobierno pagaría con un ajuste salarial pírrico.
En la lista de argumentos de este año, será tentador mencionar lo obvio: que el salario mínimo perdió en términos reales. Esto es verdad. El ajuste del salario, fijado en diciembre de 2014, fue de 4,6 por ciento mientras la inflación anual de 2015 será de 6 por ciento (o más). Pero este comentario no será suficiente. La inflación no siempre está por encima del aumento salarial. Por el contrario, de los últimos 20 años, sólo tres (1996, 2008, y ahora 2015) muestran una inflación mayor que el incremento del salario mínimo.
Los sindicatos deben, en cambio, convencer a la opinión pública colombiana acerca de cinco aspectos de peso. Primero, que el salario mínimo está orientado a mejorar el bienestar social y a reducir la desigualdad. Segundo, que este instrumento puede ser particularmente importante en uno de los países con peor distribución de ingreso en el mundo. Tercero, que el salario mínimo no ha ganado sustancialmente en términos reales en los últimos 30 años. Cálculos gruesos muestran que, en promedio, el crecimiento anual del salario mínimo real es de apenas uno por ciento. Cuarto, para contar con mayor apoyo popular, que la negociación no sólo afecta a quienes ganan el salario mínimo o a los sindicalizados. El ajuste se usa como referencia para los demás salarios. Muchos creen que lo que ocurre en las mesa de negociación es cuestión de unos cuantos (de otros). No es así. Y finalmente, quinto: “el incremento del salario mínimo no causa que la gente pierda sus trabajos”. Hasta el Departamento de Trabajo de los Estados Unidos anota que decir lo contrario es un mito (http://www.dol.gov/minwage/mythbuster.htm).
El debate por supuesto no termina aquí. Y dado que es muy probable que los empresarios cuenten de antemano con el decreto del Gobierno, los sindicatos tendrán que esforzarse al preparar sus argumentos. Deben recordar siempre que su poder de negociación reside en la opinión pública, y que convencerla es particularmente difícil hoy en día, por culpa, en buena medida, de los errores que se cometen a diario en nombre de la izquierda.
* El autor es el Director del Departamento de Economía de la Universidad Javeriana.