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“Soy de las pocas personas que tienen la fortuna de caer en un helicóptero y contar el cuento. Hace unos días la Secretaría de Movilidad de Bogotá me contrató para hacer un video sobre las distintas obras que se adelantan en la capital. Para el viernes 13 de marzo teníamos programado un sobrevuelo. Por la mañana grabamos en La Calera con muy buen clima y nos citaron en la tarde en Guaymaral, en el hangar de Antinarcóticos.
El piloto no llegaba. Nos dijeron que volaríamos en un helicóptero Bell, de la Alcaldía Mayor, que tiene ventanas para sacar la cámara. Sin embargo, a una de las ventanas le cambiaron el vidrio y por eso tocaba esperar a que se secara, porque con la altura el vidrio podía reventarse.
Entonces nos señalaron otro y nos dijeron: “Se van en ese Huey”. Era un aparato más bien pequeño, en el que sólo cabían el piloto, el técnico y los dos camarógrafos. Nos aclararon que era muy seguro. Cuando miramos las puertas nos dimos cuenta de que las ventanas eran de plástico y estaban raspadas, lo que impedía hacer tomas limpias. Bernardo Pinzón, el otro camarógrafo, sugirió quitar las puertas y dijo que se ubicaría al lado izquierdo. En esas llegó el piloto, nos hizo todas las recomendaciones, nos pusieron el arnés, nos comentaron que estaríamos amarrados a las sillas.
A los pocos segundos el helicóptero se elevó y la ciudad comenzó a verse pequeña. Yo tenía un chaleco y una chaqueta, pero el frío y el miedo me tenían atortolado. Tomamos la ruta de la Autopista Norte hacia el sur para grabar la zona financiera. Yo sentía el golpe del viento, pero me concentré en el viewfinder de la cámara.
Bernardo sugirió dar otra vuelta, pero por el sur. Estábamos a poca altura, pero yo pensaba que era porque nos querían ayudar con nuestro trabajo. De un momento a otro la nave empezó a girar, el piloto luchaba con la palanca de mando y me sentí como en una centrifugadora.
El aparato se vino al suelo y el cinturón de seguridad me produjo una especie de bola debajo de los pulmones que no me dejaba respirar. Yo me bajé del helicóptero escupiendo sangre y pensé: ‘me reventé’. A ese lugar no había acceso directo y a la policía le tocaba meterse por las casas vecinas. Yo no me bajé de primero porque pensaba que todavía la hélice daba vueltas… pero todo el mundo decía que tocaba bajarse, porque se podía incendiar.
Cuando logré sacar la cámara pregunté por Bernardo y pensé que se había caído. Él apareció con la boca llena de sangre. Cuando lo vi se me quitaron todos los dolores. Él estaba más magullado que yo.
Tomé conciencia de lo que había pasado y me di cuenta de que para bajar de ese techo teníamos que saltar una tapia como de un metro para pasar a la casa vecina y ahí sí salir a la calle. Ya habían llegado los bomberos y comenzó la pelea de las ambulancias para establecer quién se lleva a quién, porque toca agarrar el cliente para que le paguen el viaje. Lo que tengo entendido es que a uno deben inmovilizarlo y ponerle un cuello ortopédico, pero eso nunca nos lo hicieron. Me entraron a la ambulancia y nunca solté la cámara, aunque muchos se me acercaban a decirme que me la cuidaban.
Ya en el hospital me pusieron suero y tranquilizante. La doctora me dijo que no me podía mover y yo le dije que nosotros habíamos salido caminando de esa casa. Me rompieron la camisa para examinarme la bola que me salió. Siempre pensé que el pantalón estaba bien, pero cuando salí de urgencia, a eso de las 9 de la noche, sentí un frío terrible atrás y me di cuenta de que también estaba roto y nadie me había avisado.
Sé que estoy contando el cuento por dos ángeles de la guarda. Uno, el piloto, que tuvo la pericia de aterrizar en un lugar complicado, y el otro, un vecino de La Alquería que no me desamparó. Pero eso de que la vida le pasa a uno en un segundo, nada. Nada de nada”.
*Camarógrafo