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La importancia de la refrendación

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Por: Armando Benedetti*

Con ocasión de dos hechos recientes de naturaleza bien distinta —el fallo de la Corte Constitucional sobre la adopción por parejas del mismo sexo y la Ley Estatutaria que desarrolla el mecanismo de refrendación de los acuerdos—, la derecha política, dentro y fuera del Congreso, ha pretendido deslegitimar ambos acontecimientos con el argumento poco convincente de la poca representatividad de la Corte y del plebiscito.

En el primer caso, escuchamos perplejos que seis magistrados de aquella Corte no podrían imponerle al país una decisión tan delicada y, en el segundo, que el piso previsto para el instrumento refrendatario resultaba también estrecho. Con semejantes argumentos todas las decisiones del poder judicial padecerían esa misma y falsa carencia de legitimidad y muchas de las elecciones de cuerpos colegiados y uninominales podrían descalificarse por razones muy similares.

Ambos argumentos de los contradictores no atañen en realidad a los eventos ya referidos, sino a la democracia misma. La democracia directa es también una resignación. De hecho su decreciente reputación la asocia cada vez más a expedientes autoritarios. Puede decirse sin exageración alguna, que las instituciones más frecuentes de la democracia directa, plebiscito y referendo, apenas sirven para consultas restringidas, al menos en lo que hace al número de preguntas, y sobre asuntos que permiten ser reducidos a un solo interrogante. De otra manera, la democracia directa suele ocultar serios peligros antidemocráticos.

Ciertos sesgos de los contradictores parecieran aludir a que, al revés, los sufragios para el acto refrendatario estuviesen limitados por algún extraño artificio de la Ley Estatutaria. Como si cuatro millones fueran un techo y no un piso. Son esos contradictores, preocupados por una supuesta y nutrida abstención electoral, quienes parecen olvidar que el nivel mínimo puede ser efectivo y significativamente desbordado por los electores.

No creo que los colombianos estén votando el día del acto refrendatario la validez, la legitimidad ni la vigencia de esos acuerdos. Estaremos apenas estableciendo las reglas de juego, los instrumentos de decisión que la democracia escoge ésta vez para cerrar un interminable ciclo de violencia. Ningún camino de los que utiliza la democracia para adoptar sus decisiones es perfecto.

Tengo dos certezas: que el proceso culminará en un acuerdo justo, inteligente y eficaz, dentro de los tiempos anunciados recientemente por las partes. Y el acto refrendatario recibirá un amplio y un contundente respaldo popular, tal y como deben ser las cosas cuando son verdad, plausibles, buscan y encuentran el camino de la reconciliación, el perdón y la no repetición de políticas homicidas. Al fin y al cabo tal vez este país no sea el delirante, esquizofrénico y peligroso que ésta guerra interminable sugirió que éramos. El proceso de paz no tiene más enemigos que aquellos que habrían querido proponerlo y hacerlo ellos realidad. Y ese es, no obstante algunas mezquindades, un pecado venial perfectamente comprensible.

* Senador de la República

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