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A un perro no lo capan dos veces.
Recordemos, oh amnésicos cansados: la experiencia de los miembros de la Unión Patriótica dejó hacia el año 1984 más de 5.000 asesinatos entre los desmovilizados de las Farc que en ese entonces querían hacer política en el juego democrático. Cuando Rodrigo Londoño (Timochenko) juzga hoy que el paramilitarismo puede ser el verdadero obstáculo para la firma de esta porción de paz, está en lo cierto
En este punto de la historia, cuando «el enemigo» está en la Mesa de Conversaciones de La Habana, otros muy activos adversarios de la paz pasan a primer plano: los paramilitares, incluyendo los alcaldes nuevos que los representan, las Bacrim, sectores de las fuerzas armadas que no están para nada interesados en el sosiego, los actuales dueños de las tierras despojadas (sí, los de los zidres) y las corporaciones multinacionales alcahuetas. Hay muchas armas por doquier y una estructura de guerra suficiente para no dejar a un sólo desmovilizado de las Farc en pie si así quisieran. Por esto, la prioridad del Gobierno de Santos debería ser —por lo menos— acabar de una vez con todo nexo conocido entre el Estado de Derecho que nos rige y lo relacionado con el paramilitarismo incrustado en el sistema.
Cuando haciendo de tripas corazón uno relee sobre las atrocidades que las organizaciones paramilitares han cometido en estas tierras, o cuando se percata de que en los últimos meses siguen creando víctimas en la piel de decenas de defensores de derechos humanos, sindicalistas, líderes indígenas y ambientalistas —que constitucionalmente autorizados clamaban los derechos básicos: libertad, igualdad y solidaridad— sabemos que el asunto es grave. Desafortunadamente la historia está llena de iniquidades, pero las que nos tocaron en suerte no son menos duras: motosierras, casas de pique, canibalismo, hornos crematorios, sopletes. ¡Para qué alargar más la lista ignominiosa (es decir, que no debería nombrarse por atroz) y de la que naturalmente estamos extenuados! Sin embargo, no podemos dejar que la barbarie, de donde venga, nos deje indiferentes, aunque duela.
El nuevo tejido del hampa nacional es hijo de los que se tomaron la justicia por sus manos organizados por los poderosos intereses de un capital apátrida y antiguo: todos armados, narcotraficantes, políticos locales, corruptela por doquier, mineros ilegales y carteles internacionales con nexos en Venezuela o en México. Además mal parieron a sus hijas, las Bacrim, nuestras Maras, producto de la desesperanza y la pobreza entre otras cosas. Estas podrían en un instante y con una orden de sus jefes tenebrosos exterminar a los recién legitimados ya sin armas. Esta es también en ultimas la verdadera guerra para la gente del común de nuestro pueblo: el gota a gota, el pequeño terrorismo cotidiano, la extorsión, el microtráfico, la llamada inseguridad de las ciudades —que no se arregla con más seguridad policiva sino con menos hambre—, o, para ser concisos, la maldad sin disfraces ideológicos.
Si queremos al menos una paz parcial con una de las cabezas de la hidra, la guerrilla de las Farc, hay que escuchar su diagnóstico sobre los paracos, pues ¿quién conocerá más de estos asuntos, si ellos mismos no están exentos de haber sido también causantes del engendro? Y así los desmovilizados, ya sin armas, pasarán a ser al menos un potencial aliado del Estado y no su contendor. Creo que toca empezar por algún lado y jugárnosla toda.