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Más allá de la chequera…

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En Bogotá, a mediados del siglo pasado, acaeció un gracioso incidente: el gerente de un banco llamó a una encopetada señora de la sociedad a avisarle que no podía seguir girando porque su cuenta estaba en rojo.

La señora —tan sorprendida como indignada— contestó: “Es imposible señor gerente que esté en sobregiro porque todavía me quedan una docena de cheques sin entregar…”.

Se trae a colación la anterior anécdota a la luz de la polémica sobre ¿quién tiene la chequera? Esta trivial discusión permite que se ponga de lado el asunto de fondo: ¿Quién es el que pone los fondos que permiten al que tiene la chequera girar? y si el tenedor de la chequera ¿es consciente que sobre los fondos sobre los cuales pretende girar tienen o no límites?

Respondiendo la primera pregunta, el tenedor de la chequera lo que hace es girar sobre unos recursos que aportamos nosotros los contribuyentes. Que muchas veces los recursos vengan de endeudamiento es indiferente porque tarde o temprano somos nosotros los contribuyentes los que tenemos que pagar esas deudas. Las palmas y los aplausos, lamentablemente, van exclusivamente al que firma el cheque. Pero no sólo no nos reconocen a los contribuyentes nuestro papel de ‘paganinis’, sino que muy pocas veces recibimos explicaciones claras sobre el destino de nuestros recursos. Diversas entidades del Estado hacen contratos dudosos de miles de millones de pesos sin explicación alguna. Una de las principales características de un país pobre y subdesarrollado es la venia y admiración que se le da al ‘hombre de la chequera’, mientras que se irrespeta y persigue al verdadero aportante de la cuenta: el contribuyente.

En cuanto a la pregunta si se puede girar indefinidamente sobre la cuenta, la respuesta claramente es que no; pero la parte más grave es que el mismo Gobierno no está siendo claro con el país sobre el monto del sobregiro. No está siendo claro porque el presupuesto aprobado por el Congreso tiene serios errores de estimación. Se basa, por ejemplo, en una inflación de cuatro por ciento, mientras va a estar por encima del seis. Igualmente pronostica un precio del crudo de 60 dólares el barril, cuando ronda los 40 dólares y muy posiblemente se acerque es a 20. Tampoco el Gobierno le ha dejado saber al país las implicaciones de no llevar a cabo sustanciales recortes al gasto, indispensables para no seguir endeudándose.

Pero posiblemente el mayor error que comete el Gobierno es hacerle creer a la nación que el abultadísimo déficit se soluciona con otra reforma tributaria que, como la mayoría de las reformas, lo que termina es aumentando la carga a los que ya tributan. En este país, como bien lo señala un reciente informe de la Andi (El Tiempo, nov. 22/15) solo el 12% de empresas pagan impuesto de renta. El Gobierno, de una manera equivocada, se ha dedicado a ponerles una enorme lupa a dos de los sectores donde siente que el recaudo es más seguro: los ‘grandes contribuyentes’ y los asalariados. El resultado de tan miope política es que la informalidad empresarial y laboral es enorme y va en aumento. Según la Andi, “En Colombia cuando de impuestos se trata, la informalidad campea y se suma a la evasión para hacer un hueco gigantesco. En el caso de las empresas que declaran renta, solo 167.582 (el 45%) resultan con una cifra por pagar; en otras palabras, solo uno de cada ocho del total de negocios paga impuestos sobre su renta. El resto, o salen ganando con saldo a favor (24%), o su pago resulta ser cero (30,8%)”.

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