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De niños jugábamos a ser adultos, y el primer requisito para ser adultos y para jugar era una firma.
En clases, a la salida del colegio, en las noches o en los recreos, garabateábamos nuestro nombre de mil formas distintas imitando a los mayores. Firmas confusas, firmas claras, firmas adornadas, firmas escuetas. Cambiábamos de firma todos los días, con toda nuestra seriedad de niños, convencidos de que la firma que eligiéramos sería para toda la vida y nos haría adultos y serios al instante. Pasados los años comenzamos a firmar, y cada firma fue un compromiso, y cada compromiso, una cadena. Firmamos que habíamos recibido a Dios en nuestra primera comunión, y que creíamos en él, y luego firmamos documentos de identidad para demostrarles a las “autoridades” que nosotros éramos nosotros. Después, en infinidad de ocasiones, firmamos folios para que un notario diera fe de que existíamos.
Firmamos contratos, decenas de cientos de contratos, elaborados por abogados ceñidos a leyes aprobadas por congresistas que siempre obtenían algo a cambio, pero decían que su ley beneficiaría a miles y miles, y nunca, ninguno de esos contratos nos benefició. En letra menuda estaban las trampas, y en letra menuda perdíamos siempre, perdimos siempre y seguimos perdiendo. Con los recibos del agua o la energía, con los del cable o el celular, con los bancos, con los colegios y las universidades, con nuestros empleadores, con éste y aquél y el de más allá, siempre perdimos, y lo que firmamos como un acuerdo de yo doy a cambio de, fue un yo doy, siempre doy, a cambio de lo que ustedes quieran cumplir y como lo quieran cumplir, pues en últimas han estado eternamente amparados en las leyes que ustedes mismos hicieron firmar, gracias a suculentas prebendas, a complejas extorsiones o a dudosos favores, esos sí, sin firma.
Firmamos cláusulas de amor en las que nos comprometíamos a amar para toda la vida, y después firmamos papeles de divorcio porque el amor no había sido eterno. Firmamos intrincadas cartas de autorización para que un médico nos interviniera quirúrgicamente, sin entender, por supuesto, nada de lo que estaba escrito. Firmamos visitas, cartas de renuncia, cheques, pagarés, tarjetas de Navidad, de cumpleaños, de pésame, y alguna vez supimos de un desempleado que, angustiado por sus deudas, firmó con su nombre el acta de defunción de su padre. Firmamos cada vez con menos ilusión y con más rabia, casi con una sola y maldita línea, inmersos en un sistema que nos aprisiona, nos ahoga y humilla, y yo firmo con este texto mi incapacidad de no volver a firmar.