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Se repite intensamente en el bullicio alrededor del conflicto en Siria en el que participan todos, que los Estados Unidos, padre y señor de los conflictos serios de las últimas décadas en el mundo, es también padre y señor de la guerra en cuestión, y para mayor candela en el incendio y el bullicio, creador secreto de ISIS e instigador del asedio mundial para incursionar en lo que mejor saben hacer para sostener su emporio: succionar petróleo.
No es exactamente así. podría decirse incluso por primera vez, en tantas décadas de obviedad, que no sería serio decirlo ahora tan escuetamente, cuando las causas de la polvareda bélica provienen de ángulos distantes, y las fuerzas históricas vienen gimiendo desde el mismo resentimiento medieval del Califato de Córdoba en una cultura que nunca olvida, y desde la caída misma del Imperio Otomano, último bastión de un califato oficial, destrozado y dividido azarosamente por las fuerzas de Occidente, cuando las fichas de la geopolítica tomaron el encuadre hoy conocido y aceptado por todos sin chistar.
Es cierto que el conflicto actual en Siria dejó entrever la cara de ISIS en el panorama internacional justo después del repliegue de las tropas norteamericanas en territorio Irakí, cuando quedaron en el anarquismo y en la calle las viejas tropas Sunitas de Sadam Hussein, divagando en la arena y buscando un norte y una ocupación. Y es cierto, también, que las bases históricas de la vieja Al-Qaeda fueron creadas en Pakistán por las estrategias paranoides de los Estados Unidos en alianza con Arabia Saudí para repeler los avances de la Unión Soviética en plena Guerra Fría. Alianza que después tomaría el rumbo de la traición, y terminaría en los estallidos que conocemos todos en el corazón financiero de Occidente como una fricción simbólica de los dos hemisferios.
Pero aunque las incursiones de los republicanos en tierras del Islam dan la impresión de ser las semillas arquetípicas del conflicto, la historia revela causas más abiertas y fisuras más profundas entre el odio del yihadismo que ha tomado la fuerza de toda una contra cultura azuzada por el nihilismo y la combustión de una obsesión política.
ISIS, valga el detalle, hace un buen tiempo dista lo suficiente de los objetivos de Al-Qaeda para considerarlos parientes en su lucha y producto del hecho simplista de una invasión. Son incluso considerados en la zona enemigos por sus diferencias de método y sus sueños hegemónicos sobre el mundo, lo que lo convierte en un hijo bastardo y rebelado de la vieja organización, pero proveniente también de un ideal más antiguo y extremista contra toda ideología infiel a las pautas del Corán, infidelidad en la que entra todo Occidente en bloque como enemigo atávico.
La Yihad, como ideal ancestral, pretende recuperar la fuerza del Islam con todas las formas de lucha y con todas las espadas unificadas de los territorios fraccionados, y ese es el monstruo que empieza a escucharse rugir en los mismos rincones de Europa donde el Islam perdió sus franquicias de fe contra los cristianos.
La Yihad no olvida, repiten en sus mantras, y es ahora cuando los hechos históricos han vuelto a cuadrar después de movimientos perfectos para agrandar la hoguera, y cuando vuelven a aparecer sobre el mundo con los voltajes económicos acumulados para revelarle a la posmodernidad que otros milenios perdidos pueden volver con sus bramidos exactos, y que las viejas colonias Europeas en el desierto no han sido sanadas, y que las espadas de Alá, o de los otros Dioses dormidos, pueden arrebatarle al futuro su imperturbable ilusión de firmeza.