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Seguimos siendo nómadas en busca del jardín perdido. Paraísos que se arraigan en los sueños o en las historias de los abuelos.
Paraísos que les abren paso a las ausencias y a los adioses. Paraísos que llenan las barrigas, las pasiones y los bolsillos. Paraísos tan lejanos que por inalcanzables se van enterrando en el camino ya recorrido.
Todos somos migrantes, marginales, descubridores y, como piratas modernos, nos encandelillamos con las luces de neón de otras veredas al darnos cuenta de todo lo que apesta en la propia. Venimos de los sueños de otros, recorriendo espacios imaginados o éxitos ilusos en la pequeñez de una vida o en la languidez de las generaciones. Le huimos al dolor y al rechazo y, por una quimera, dejamos atrás recuerdos, amigos y el olor del terruño. Desterrados, conjuramos el mundo hostil e ignorados repetimos los mismos mitos expulsando hijos y nietos. Cambiamos de ritos y morimos en alta mar.
Lástima que al mundo globalizado se le olvide que fuimos nómadas antes de ser hombres; que caminamos encorvados antes de sentarnos junto al fuego y que, como bípedos, seguimos en el vaivén de los tres millones de años que llevamos con la casa a cuestas. Amigos del sol, hicimos las guerras del fuego; amigos de la propia cueva, nos adaptamos a las llanuras; amigos de la tierra, navegamos contra vientos y mareas. Hijos de exclusiones, de amores y de pobrezas, cada quien se rebela ante el temor y persigue su libertad aunque por pago tenga la hoguera. El sedentarismo es apenas un instante.
En el camino, seguimos siendo los mismos. No hay principio ni fin, ni apego, ni desgarro. Somos el peregrino y el forastero, pero también ese loco que, con su sabiduría, defiende el derecho a ser ave que migra, un ave en búsqueda de su propio paraíso.
otro.itinerario@gmail.com