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Diplomacia argelina

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Argelia ha contribuido a la solución de varias crisis regionales y su gobierno ha sabido promover consensos entre los países africanos.

Los encuentros entre dignatarios africanos, que se multiplicaron desde inicios del año en Argel, y el Foro sobre seguridad y paz en África, que tuvo lugar a principios de este mes, demuestran que Argelia vuelve a ocupar un papel de primer orden en la diplomacia africana.

El apoyo de los presidentes Ben Bella y Boumedienne a la descolonización de África y a la creación de los no-alineados dieron a Argelia un prestigio internacional indiscutible tras su independencia de Francia, en 1962. La notoriedad aumentó con la cooperación argelina en los setentas para liberar a los últimos rehenes norteamericanos del Vietnam y con la decisión de Argel de combatir contra Israel en la Guerra de Yom Kippur. La condenación del Apartheid en África del sur y la negociación de los Acuerdos de Argel, que contribuyeron a resolver las disputas entre Irak e Irán en 1975, fueron marcas adicionales que afirmaron la ascendencia de la diplomacia argelina entre los países africanos.

La guerra civil de 1991-2002, en la que el gobierno y varios grupos islamistas se enfrentaron por el poder, desdibujó el liderazgo en África, pero al mismo tiempo le permitió al presidente Abdelaziz Bouteflika y a su círculo próximo adquirir experiencia en la lucha contra el terrorismo y en la negociación con grupos insurgentes. Esos elementos son dos de las cartas más poderosas de la política internacional argelina.

En la Organización para la Unidad Africana (OUA), Argelia ha logrado promover una posición conjunta de lucha contra el terrorismo, que ha sido aceptada por la mayoría de los miembros de la organización y que ha dado buenos resultados en la ONU.

Entre 2013 y 2014, la diplomacia argelina ha participado en la solución de varias crisis regionales. Su papel en Tunes fue discreto, pero eficaz. En el 2013, Rached Ghannouchi, jefe del partido islamista Ennahda, y su adversario, Beji Caid Essebsi, líder del grupo anti-islamista Nidaa Tounes, se sentaron en la mesa a dialogar bajo el auspicio del gobierno de Bouteflika. En Mali, Argel jugó un papel de primer plano en la mediación entre Bamako y los grupos armados del norte del país para obtener el acuerdo que se firmó en junio del 2014. Finalmente, varios de los principales líderes de la Libia post-Gadafi se han reunido en lo corrido de este año en Argel, en el marco del proceso de negociación de paz respaldado por la ONU.

Entre las circunstancias tácticas y los intereses geopolíticos que conviene analizar para entender hacia dónde va a dirigirse la política exterior argelina hay tres que conviene destacar: 1. su frontera con Libia, cuya crisis política desestabiliza a Argelia y a los países del Sahel; 2. la alianza potencial con el líder libio Jalifa Haftar y con el presidente egipcio Abdelfatah Al-sisi, que podría tener un efecto estabilizador en el norte de África y crear un nuevo eje de poder en el Mediterráneo; y 3. la construcción de una agenda de entendimiento con Francia, los EE.UU. y Rusia para luchar contra el terrorismo en África.

En una declaración reciente sobre el impacto de la crisis petrolera en la economía del país, el primer ministro Adbelmalek Sellal recordó en referencia a los trágicos eventos en Paris, Beirut y Bamako, la pertinencia de la política exterior argelina para luchar contra el contrabando petrolero y secar las fuentes de financiación del terrorismo internacional.

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